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2023, ¿último año del ciclo kirchnerista?

Nota de opinión. El año que está comenzando puede ser testigo de un vuelco político decisivo para el país. Así lo esperan muchos en la oposición. Y lo temen otros tantos en el oficialismo.

Entre estos últimos se cuenta la propia Cristina Kirchner. Pues no confía en que el Frente de Todos pueda remontar la desventaja con que entra a este año electoral. Y esa es, sin duda, la principal razón detrás de su renunciamiento, lo que llama “mi proscripción” y denuncia a los cuatro vientos, pese a que desaparecería por arte de magia con su sola voluntad de competir.

Lo que está diciendo en verdad Cristina es que no quiere ser mariscal de la derrota. No fue por ello casual la figura que usó para descargar responsabilidades en sus seguidores, en el último acto de Avellaneda. Les dijo a los asistentes al acto, todos dirigentes de su sector, que cada uno de ellos tiene en su mochila “el bastón de mariscal”. Aunque no lo usen, ahí está. Así que lo que suceda o no suceda en adelante será responsabilidad también de todos ellos.

Ese acto en Avellaneda hizo las veces de cierre del año y también de conclusión de la saga iniciada el día de su condena, cuyo antecedente más destacado fue la reunión de Ensenada con la crema de La Cámpora. En la que, en reserva aunque no tanto, explicó su renuncia a cualquier candidatura.

Esa Última Cena en clave kirchnerista mostró a la jefa rodeada por sus más devotos fieles, dándoles muy malas noticias. Toda una pintura del momento de la verdad que está viviendo el sector, en que se revela quién es realmente Cristina, y qué pueden esperar de ella quienes la acompañan.

¿Y qué fue lo que les dijo en semejante ocasión? Les anunció que está harta también de ellos, de que vivan a su sombra y no trabajen lo suficiente para que ella también reciba beneficios de la empresa que los reúne. Faltó poco para que los llamara parásitos, así que los asistentes no salían de su asombro. Esperaban que les volviera a hablar como lo que ellos siempre han creído que ella es, porque se los hizo creer, una madre, pero estaba hablándoles como lo que siempre fue, una dueña. Una que invirtió su capital en un emprendimiento que dio frutos para todos, menos para sí misma, por lo que va camino a pagar los platos rotos. Y es lógico que se los haya dicho, porque mientras todos los demás andan viendo cómo logran seguir siendo funcionarios y dándose una vida de capangas, ella corre más riesgo que nunca de ir presa, y ya de movida quedó escrachada ante la historia como culpable. Desde su punto de vista, no es muy justo que digamos y tiene mucha razón en estar enojada, no solo con los jueces, no solo con Alberto, también con sus apóstoles.

Se reveló así el trasfondo bastante equívoco, y hasta podría decirse que un poco perverso, que siempre tuvo la relación entre ella y sus seguidores. Y lo más curioso es que eso sucedió por su exclusiva decisión, por su incomodidad con su rol de madre-dueña, y su disposición a desmontar su escenografía, a riesgo de mostrar el cartón rugoso y anodino de que está hecho el mundo hasta aquí compartido. Lo hace, ante todo, porque necesita aclararles que no deben esperar de ella que los salve a su costa.

Volviendo a la metáfora de la Última Cena, lo que Cristina está diciéndoles a sus seguidores es que no va a hacer las veces de Jesús, no está en sus planes sacrificarse por los demás, ni siquiera por ellos, sus hijos dilectos. Segundo, les está reclamando que la empresa, si va a seguir existiendo, debe volver a darle algún rédito. Porque de otra manera ya no le sirve y si no le sirve va a retirar de ella su capital.

Y aquí llegamos al terreno más complicado, el que pinta el grado de descomposición al que llegó el kirchnerismo durante este año, y lo difícil que le va a resultar encarar con mínimo orden y racionabilidad el que viene, que será sin duda el más difícil de los que hasta aquí le han tocado en suerte a lo largo de su historia.

Porque lo cierto es que hay poco y nada que los dirigentes K puedan hacer para recuperar la lozanía de su emprendimiento. Y por eso no está nada claro qué es lo que “manda hacer Cristina”. “Vayan a los barrios, militen” parece que les dijo, pero si lo hizo fue como invitarlos a dar un salto al vacío, a sobreactuar la nada misma, porque ¿qué es lo que pueden hacer y decir en los barrios que no hayan ya dicho y hecho mil veces?

Anda dando vuelta también la idea de un megaacto el próximo 24 de marzo, que se supone podría “cambiar el contexto político”. ¿En serio después de todos los actos hechos en los últimos tiempos, con nulo impacto, se cifran todas las esperanzas en otro más, uno más grande, más emotivo, con más colectivos y más choripán, hasta allí llega la imaginación kirchnerista? Si sus seguidores cayeran en la desesperación y se desinflaran, la culpa sería en exclusiva de la señora, porque ella debió saber que apenas empezara a desmontar el escenario, se corriera aunque fuera solo un poco del rol de madre protectora, no iba a dejarles gran cosa de la que agarrarse.

Si ignoró el riesgo enorme que corría, debió ser porque el renunciamiento no lo pensó demasiado. Se dejó obnubilar por la condena y se enojó, no solo con sus enemigos, también con sus amigos. En su infinita vocación por descargar culpas, pasó así de desquitarse con sus enemigos, como siempre hizo, y por ello estos están más o menos acostumbrados y guarnecidos, a desquitarse también con los propios, que no tienen ni la costumbre ni los recursos para protegerse de su furia.

Se entiende por tanto que el enojo de la jefa tenga muy preocupados a los dirigentes de su espacio. Y no es lo único que les preocupa de lo que viene haciendo Cristina. El pesimismo que la alentó a ejecutar un apresurado repliegue seguramente no los deja indiferentes. Y menos todavía debe hacerlo el hecho de que ella con sus actitudes está provocando un deterioro aún mayor, tal vez irreparable, que puede terminar condenando al peronismo unido a hacer la peor elección de su historia.

Encuestas de los últimos días de diciembre indican que, sin Cristina en las boletas, el FdeT apenas orillaría los 20 puntos a nivel nacional. Debe ser por eso que en los últimos días el pánico ganó a la dirigencia kirchnerista, y no hablan más que de cómo hacer para convencerla de volver sobre sus pasos.

El asunto tiene varias aristas complicadas. La primera, que no puede hacerlo sin desmentir abiertamente todo el discurseo fantasioso sobre la proscripción. Pero eso dista de ser lo más grave. Es mucho más preocupante el hecho de que el pesimismo de la señora debe ser ahora aún más marcado, y más justificado, así que debe estar aún menos dispuesta que antes a poner el cuerpo. Y el cuadro termina de complicarse por la dispersión que ha alimentado en el peronismo territorial. Que si ya desde antes estaba inclinado a desdoblar y descomprometerse de la competencia nacional, ahora es lisa y llanamente un hormiguero pateado. Algunos buscan candidatos alternativos, otros se lavan las manos, y todos aprovechan el desorden para extorsionar y recuperar autonomía. Un ambiente que es mucho más difícil de ordenar que antes, y en el que tienen todas las chances de naufragar tanto Massa como la misma Cristina.

¿Significa todo esto que el kirchnerismo se acerca a su ineluctable final? Si algo probó la experiencia de 2015 fue que él puede perder elecciones, incluso perder el gobierno nacional y seguir controlando resortes de poder suficientes para que su régimen económico, su esquema de gasto público y sus asientos en el Estado no sean desmantelados. Y que una porción considerable de votantes basculantes puede eventualmente abandonarlo, pero también puede reconciliarse con él si las alternativas no prueban ser mejores y no lo hacen suficientemente rápido.

La oposición debería hacer su papel mucho mejor que en aquel momento para que el declive electoral del kirchnerismo no solo sea mayor que entonces, sino más sostenido en el tiempo. Y está aún por verse si ella es capaz de lograrlo. Porque la interna de Juntos por el Cambio también se ha ido complicando a lo largo de 2022. En vez de aprovechar el año para ordenarla, se usó más que nada para estirar la incertidumbre y encrespar los conflictos. Así que no es para nada seguro que las PASO, que por fortuna para ellos no han sido levantadas, vayan a alcanzar para sintetizar tantas voluntades en pugna, y evitar que los liderazgos sigan dispersos. Sobre todo en provincia de Buenos Aires, donde se cifran las esperanzas de continuidad del kirchnerismo.

Los debates que atraviesan a Juntos por el Cambio están, pese a todo, bastante más claramente planteados hoy que un año atrás. El problema es que no son fáciles de resolver. El más sonado es el que enfrenta a quienes creen que la coalición debe crecer hacia el centro, en particular hacia el peronismo, y quienes prefieren lo haga hacia la derecha, es decir en dirección a los libertarios. Esta discusión se entrecruza con otra, respecto a si la coalición tiene que ser lo más amplia que se pueda en términos sociales y territoriales, o conviene que sea programáticamente cohesionada, aún al precio de más estrechez en aquellos aspectos. Y aún con una tercera cuestión, si la tarea de consolidar y ampliar compromisos hay que dejarla para después de que se definan los candidatos, e incluso después de ganadas las elecciones, para encararla desde una posición de poder, o es preciso hacerlo antes, para no improvisar.

Como se puede ver, no son cuestiones fáciles de resolver. Y todas convergen en un mismo dilema, que ninguna coalición en nuestro país supo aún desentrañar. Cómo dar sustentabilidad a los acuerdos políticos para que puedan llevar a término un cambio completo de régimen económico, empezando por un plan de estabilización que, en las condiciones que va a heredar el próximo gobierno, será sumamente difícil instrumentar.

Todas esas discusiones sin duda valen la pena, merecen el mejor esfuerzo de los actores políticos y también de la sociedad argentina. Pero lamentablemente en 2023, igual que durante el año que termina y de los muchos años que acumulamos desde que se inició el ciclo kirchnerista, vamos a tener que prestarle atención también a otras cosas que pondrá sobre el tapete el grupo gobernante. Él todavía controla en la medida suficiente la agenda pública como para poblarla de debates absurdos, ideas desencaminadas, cuestiones obvias en cualquier país normal pero que aquí se discuten interminablemente, como si quisiéramos inventar de nuevo la rueda.

En el ocaso de ese proyecto es natural que quede más a la vista lo que nos ha costado. Entre otras cosas, dos décadas de discutir tonterías, que en cualquier otro contexto se hubieran agotado en un abrir y cerrar de ojos. La conveniencia de la autarquía económica. La supuesta indiferencia de los precios a la emisión monetaria sin respaldo. La mecánica traducción de la voluntad en poder y la ilusoria ventaja de politizarlo todo. La irrelevancia consecuente de los problemas de confianza y cooperación colectiva. Que las democracias desarrolladas del mundo son nuestras enemigas y nuestros amigos están entre las autocracias antiliberales. El primitivismo político e intelectual que resultó de todo eso consumió las energías de prácticamente toda una generación. Y el legado que nos deja tanto esfuerzo por normalizar el absurdo no se va a disipar de un día para el otro. Pero es lógico que en el albor de un año en que todo esto puede finalmente concluir, estemos con ganas de darnos una chance, de hablar de otras cosas, de festejar anticipadamente, de relajarnos. Como si ya se pudiera olfatear otro aire. Tan fácil seguro no va a ser, pero falta cada vez menos para poder intentarlo.

Por Marcos Novaro/TN

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