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Asumió Lula la presidencia y denunció como «aterrador» el país que le deja Bolsonaro

Luiz Inácio Lula da Silva, cumplió su hazaña y se coronó este domingo por tercera vez en la presidencia de la segunda economía del hemisferio. El acto, que se realizó con un extraordinario escudo de seguridad debido a la actividad de grupos ultraderechistas, fue marcado particularmente por el tono de los dos discursos similares, en el Congreso y en la sede presidencial, con los cuales Lula presentó su gobierno.

Por un lado cargó con enorme dureza contra su antecesor, el populista de derecha Jair Bolsonaro, y describió el estado del país que dejó esa gestión como “aterrador”. “Devastación”, “desmantelamiento”, “destrucción” y repetidamente “estupidez”, fueron las palabras utilizadas por Lula para referir a aquel gobierno.

El otro eje que remarcó fue la denuncia de la desigualdad y de la reaparición del hambre en el país, centrando casi toda la gestión en adelante, según dijo, para resolver esas inequidades. En ese sentido los mensajes fueron emocionales y parecieron continuar el fervor de la campaña.

La ceremonia cubrió toda la Explanada de los Ministerios con alrededor de 300 mil personas según cálculos de la policía. En su mayoría la gente vestía camisas o gorros rojos, el color original del PT que luego en la campaña había derivado al blanco, en un esfuerzo por captar el voto moderado de la centroderecha.

Participaron 19 presidentes y jefes de Gobierno, entre alrededor de 160 delegaciones de todo el mundo. EE.UU. envió a su ministra de Interior y China a su vicepresidente. Por la noche hubo un show musical.

La jornada transcurrió con tranquilidad, pero hubo preocupación por la posibilidad de incidentes. Lula, sin embargo, rechazó las recomendaciones para vestir un chaleco antibalas o utilizar un automóvil blindado en el tradicional paseo desde la notable catedral diseñada por el arquitecto Osca Niemeyer hasta el Congreso y el Palacio Planalto de gobierno.

Prefirió en cambio abordar el tradicional Rolls Royce descapotable en el cual viajó junto a su esposa Janja y el matrimonio del vicepresidente Geraldo Alckmin y su esposa.

Custodia

Una numerosa guardia custodió el movimiento del automóvil. La policía derribó además alrededor de cuatro drones que ingresaron en la zona de la concentración y arrestó a un individuo que entró en el lugar con un puñal y fuegos artificiales.

La ceremonia tuvo una característica peculiar, Bolsonaro viajó el jueves a EE.UU. para eludir entregar la banda simbólica a su sucesor. Tampoco cumplió con esa tarea el vicepresidente que acabó resuelta por el protocolo presidencial.

Los mensajes del flamante mandatario fueron recibidos con aplausos por la multitud y sus aliados políticos. Hizo énfasis en la urgencia de ahora en adelante para resolver los desequilibrios sociales, pero evitó ofrecer detalles sobre sus políticas económicas para alcanzar ese objetivo. Sí señaló que “5% por ciento de la población concentra la renta del 95%”.

Con un sollozo en el segundo discurso en el Palacio de Planalto, la sede gubernamental, relató situaciones de necesidad acuciantes en sectores de la población. “Queridos amigos, en 2003 (su primer gobierno), asumimos el compromiso de recuperar la dignidad y la autoestima del pueblo brasileño y lo hicimos”, recordó.

En ese momento subrayó alzando la voz que ahora “la desigualdad y la extrema pobreza, el hambre, están de vuelta, no por obra de la naturaleza o voluntad divina. El hambre es un crimen el mas grave de todos cometidos contra el pueblo brasileño”.

“Todo lo construido en ocho años fue destruido en la mitad de ese tiempo”, se quejó, aludiendo a sus dos gobiernos y al de Bolsonaro. “Una pequeña parcela de la población tiene todo y en el otro sector falta todo, y hay una clase media que se ha ido empobreciendo”, insistió.

Se comprometió entonces, con su vicepresidente Alckmin, un político liberal pero profundamente aliado, a resolver los desequilibrios sociales. “Si queremos construir nuestro futuro y un país desarrollado no puede haber lugar para tantas desigualdades, la grandeza de un país radica en la alegría de su pueblo”.

En los dos mensajes subrayó que no gobernará solo para quienes lo votaron. Lula da Silva ganó por una diferencia mínima de 1,8% de la votación.El país quedó literalmente dividido en dos partes similares.

De ahí que señaló que “no hay dos Brasiles, solo uno, gobernaré para los 215 millones de brasileños” y llamó a que se supere la polarización, que las familias se reencuentren. Aclaró que no habrá venganzas o desquites pero que la justicia actuará para castigar el desastroso manejo de la pandemia que dejó 700 mil muertos debido al “oscurantismo y negacionismo” de Bolsonaro.

Lula llevará adelante una política de integración en la región sin límites ideológicos, aunque su canciller Mauro Vieira señaló a este enviado que el presidente entiende que cualquier político que busca gobernar por más de dos periodos es un dictador. Un comentario que involucra a la Venezuela de Nicolás Maduro o la Nicaragua de Daniel Ortega.

Por debajo de los discursos, pesa la realidad de que el nuevo gobierno tendrá un camino difícil, particularmente en su primer año. Los mercados, sin embargo, confían en el tradicional pragmatismo del mandatario. Es porque Da Silva gobernará con un Congreso dominado por la oposición donde las primeras minorías pertenecen al Partido Liberal de Bolsonaro.

Negociador

Pero aún así, el ex sindicalista metalúrgico logró negociar una extensión de 30 mil millones de dólares sobre el techo legal del gasto público. Esa cifra, que incluso es superior si se incluyen otros adicionales, alcanza para fondear los planes de subsidios que permitan apagar la bomba social que denunció en sus discursos.

Fue un paso central, pues como señalan de modo homogéneo la mayoría de los economistas aquí, el gobierno tendrá que resolver casi sin tiempo graves desafíos fiscales, originados en los desarreglos presupuestarios que le dejó el gobierno anterior.

Lula, por ejemplo, deberá reponer los impuestos que retiró el presidente saliente para mejorar su imagen electoral antes de las elecciones. Asimismo, intentar mantener la inflación en sus actuales niveles en el orden del 6% anual, que debería bajar aún más para alcanzar las metas fijadas por el Banco Central.

Bolsonaro y su ministro de economía, el monetarista Paulo Guedes lograron controlar el costo de vida también con criterio electoral, forzando artificialmente la baja del precio de los combustibles retirando impuestos de ese rubro.

Este domingo se supo que el nuevo gobierno se dará al menos dos meses para estudiar esos gravámenes. El tema es que la resolución de ese problema constituye un potencial desgaste, explica el politólogo Marco Antonio Teixeira, de la Fundación Getulio Vargas. “El precio del combustible impacta en los precios de los alimentos, el transporte público y llega rápido al presupuesto de los más pobres, sobre todo”, señaló.

Lula enfrenta en ese sentido la necesidad de hacer una serie de ajustes, de ahí su preocupación por contener la crisis social. Bolsonaro no dejó previstas líneas presupuestarias para sostener los planes de asistencia que se destinan a 20 millones de familias pobres.

Lula, en ese sentido, formó un equipo económico con contrapesos. Eligió como ministro del área a un político del núcleo duro del PT, Fernando Haddad, pero colocó a su lado en Industria a Alckmin, aprovechando su cercanía con los mercados. En Planificación, ministerio estratégico que aplica el presupuesto e interviene en líneas del gasto público nombró a la senadora conservadora Simone Tebet.

Ese diseño, habría buscado poner un límite a los halcones propios y mostrar señales de pragmatismo futuro. Es que no habrá esta vez el impulso con el cual Lula logró antes llevar a su país desde el puesto 14 al sexto en tamaño económico a nivel mundial.

Esas carencias son las que han removido la cotización de la Bolsa y del dólar, reacción que posiblemente se repita esta semana a partir del tono de los mensajes del mandatario en su asunción.
Brasilia. Enviado especial

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