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Cristina Kirchner y un “descargo” inconexo, contradictorio y sin pruebas que desmientan la grave acusación en su contra

Nerviosa y desordenada, la vice buscó minimizar los retrasos de las obras de Báez, admitió los mensajes de José López como prueba y volvió a hablar de otras causas y personas que no están en el expediente.

La primera imagen de Cristina Kirchner luego del alegato de los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola en su contra por corrupción en la obra pública de Santa Cruz mostró los estragos que esa acusación causó en su ánimo. En la singular transmisión que voluntariamente organizó para este martes, la vicepresidenta se mostró nerviosa, irritada e inconexa, y como toda coartada volvió a acusar al «macrismo» de una supuesta persecución en su contra. Y no sólo en su contra: «este es un juicio al peronismo», dramatizó.

Bajo el engañoso título de «derecho a la defensa», que funcionó como zócalo informativo en la plataforma YouTube, Cristina se presentó frente a un escritorio tapizado de recortes, papeles y fotos que durante la hora y cuarenta que duró su exposición fue revolviendo, mostrando y haciendo a un lado. En casi todos los casos se trataba de notas periodísticas, casi no se mostraron documentos.

Claudio Savoia, editor de la sección Judiciales del diario Clarín, repasó en una columna de qué se la acusa a la vicepresidenta Cristina Kirchner, qué penas piden para ella los fiscales Luciani y Mola y qué escenarios posibles pueden…

Desmalezando su discurso de digresiones, calificativos y algún insulto -incluso contra ella misma, «la que me siento una boluda soy yo»– la vice reiteró su manifiesta falta de de respeto por los magistrados que la juzgan y desconoció su autoridad para hacerlo. Reiteró su enojo por haber tenido que escuchar «durante cinco días» la acusación en su contra, cuando en verdad era su obligación y uno de los fundamentales derechos que ahora dice no haber tenido: todo juicio oral comienza con la lectura de la acusación tal como fue redactada en la elevación del juez de instrucción, y los imputados deben presenciarla completa justamente para saber de qué son acusados y poder defenderse. Esa lectura tomó más de cinco audiencias en 2019, pero Cristina logró que el TOF 2 la dispensara de estar sentada frente a ellos. Fue una concesión, no un castigo.

Con igual lógica, Cristina recordó que cuando fue indagada pidió que esa audiencia fuera televisada y no se lo permitieron, y que este lunes «me hubiera gustado hablar frente a tribunal», pero no pudo. A la viuda de Néstor Kirchner le cuesta mucho comprender que los procesos judiciales tienen reglas, etapas y plazos, y que esos pedidos no están contemplados en ningún código procesal, por lo tanto no pueden aceptarse sin violar el principio que más enfurece a la acusada: la igualdad ante la ley.

Las vigas conceptuales de la «defensa» exhibida frente a una cámara -con minúscula, pues frente a los tribunales Cristina no acepta responder preguntas ni esgrimir argumentos jurídicos- fueron dos: declararse víctima de una persecución judicial perpetrada por Mauricio Macri y su «mesa judicial», los jueces y fiscales que no le responden y los medios de comunicación independientes de sus órdenes, y utilizar los mensajes del celular de José López como fuente de supuestas evidencias de la connivencia del hombre de los bolsos en el convento con empresarios cercanos al ex presidente.

La primera consideración al respecto es que ninguno de todos ellos forma parte del expediente que está bajo juicio, y por eso nada de eso puede ser tenido en cuenta por el TOF 2. Durante largos minutos, una Cristina furiosa se preguntó por qué el fiscal Luciani no mostró los mensajes de López con el constructor amigo de Macri Nicolás Caputo, por ejemplo. La respuesta la puede dar cualquier estudiante de Derecho: ese vínculo, y las posibles turbiedades que lo hayan animado, no fueron judicializados. Por supuesto, los tribunales están abiertos para recibir nuevas denuncias.

Aunque flamígera, la metralla verbal de la vicepresidenta podría perjudicarla más que ayudarla: mencionó testimonios de exfuncionarios de Vialidad Provincial de Santa Cruz que habrían sido «apretados» para firmar papeles que coinciden con la acusación, pero no existe ninguna denuncia de esos supuestos hechos tan graves. A su vez, en medio de la improvisación en su despacho del Senado también admitió como prueba los chats de José López -funcionario de su gobierno hasta el último minuto de su paso por el poder-, cuando afirmó que «yo no sabía que habían introducido esta prueba, pero no está mal que lo hayan hecho«. Anote, doctor Beraldi.

Las pocas referencias concretas de Cristina a la causa que la tiene como principal acusada tampoco la benefician con mucha claridad. «Hacer rutas, y que las rutas no estén, es una estafa monumental», dijo en un momento. Traición del inconsciente. «Empiezan con lo de los sobreprecios, con cifras que nadie sabe de dónde salen», siguió luego, recordando a su audiencia uno de los temas mejor fundamentados y probados por los fiscales Luciani y Mola.

Respecto de los contratos que su gobierno le dio a su socio Lázaro Báez, la vice tampoco se lució. Citó a testigos que en el juicio justificaron retrasos por huelgas de petroleros, dijo que si se rompía «un solo tornillo» en la Patagonia todo se atrasa, que las demoras son «habituales» y que «siempre hay contingencias». No parecen frases que beneficien su posición ante la justicia.

Acerca de los radiactivos mensajes con los que José López arreglaba obras y pagos para Austral Construcciones, Cristina dijo que revisando el teléfono de su ex colaborador sólo encontró tres chats de él con Lázaro Báez. Si hubiera seguido con atención el alegato del fiscal Luciani, habría notado que en cambio había muchos y muy comprometedores intercambios con Julio Mendoza, el presidente formal de Austral. Tampoco convenía recordar eso.

Igualmente inconveniente fue la exhibición de mensajes con menciones a la intervención de Jorge «Corcho» Rodríguez para gestionar «trámites» en el contrato por el soterramiento del tren Sarmiento. Esa obra, pestilente de corrupción, está bajo la lupa judicial por el protagonismo de la empresa brasileña Odebrecht y su confeso pago de coimas a funcionarios de Cristina, de los cuales el Corcho era lobbista. Otro mal paso.

Si bien Cristina Kirchner dijo varias cosas que la perjudican, tiene la ventaja de haberlo hecho lejos de los estrados judiciales, y por lo tanto no podrán usarse en el juicio porque no fueron pronunciadas en el marco del expediente. Esta vez, esa verborragia juega a su favor. Lo que no queda claro es qué ayuda le puede haber prestado la actuación de este martes a su abogado Carlos Beraldi, anticipando desordenadamente parte de su posible estrategia en el alegato que deberá formular en las próximas semanas. La vice también adelantó la poca munición que tiene para responder a las gravísimas acusaciones en su contra.

La pobreza de esa mochila es proporcional a la movilización de funcionarios, legisladores, sindicalistas y militantes que hasta ahora sólo pueden ladrar una amenaza: «si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar». Pero bueno, la militancia, los actos y los discursos tampoco están en el expediente.

Clarin
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