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Destrucción y animales muertos: Por las quemas en Entre Ríos

Los incendios en esos campos del Delta provocan el humo que afecta a Rosario. Cómo es la vida en la ciudad entrerriana de Victoria.

Lo que se aspira es muerte. El humo denso, pestilente, agrio, está impregnado de eso: de muerte. La de un árbol horadado por las llamas. La de un carpincho, la de una vaca, la de una víbora alcanzada por una oleada de fuego. Muerte. Basta caminar por ese desierto tiznado y crujiente para tropezar con osamentas, ramas resquebrajadas y renegridas. Plantas o colmenas retorcidas por el calor. Muerte.

La contaminación del ambiente, que se ha convertido en un problema sanitario en Rosario, en Villa Constitución o en San Lorenzo, antes, ha sido eso: muerte.

La ruta 174 es una ondulante traza de cemento que une a Rosario con la ciudad entrerriana de Victoria y que le provoca, en un recorrido de sesenta kilómetros, un tajo al Delta del Paraná.

A los costados se puede observar un combo desordenado de naturaleza exuberante, ganado y la feroz huella de las quemas: largas extensiones de terreno árido.

El aroma de lo que se ha incendiado es penetrante. Pero es, sobre todo, persistente: han pasado semanas y permanece en el ambiente, como buscando decir algo.

El Delta del Paraná sufre un sistemático ataque desde comienzos de 2020. Los números muchas veces sirven para comprender una realidad. O al menos una parte de ella.

De acuerdo a relevamientos desarrollados por el Museo de Ciencias Naturales Antonio Scasso, en los últimos 32 meses se quemaron 997.721 hectáreas: 55 veces la superficie de Rosario o 49 la de CABA.

Se trata del 43% de los 2,3 millones que componen el área del Plan Integral Estratégico para la Conservación y Aprovechamiento Sostenible en el Delta del Paraná, un ecosistema que comparten por razones de la geografía Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires, pero que por su aporte el medioambiente beneficia a todos.

Campos destruidos por el fuego en Entre Ríos. Foto Juan José GarcíaCampos destruidos por el fuego en Entre Ríos. Foto Juan José García

Desde 2020 a la fecha se han detectado 70.949 focos de incendio. Un ecocidio que afecta a 567 especies de vertebrados, pero que impacta además en la flora, en el aire, en el agua que consumen los animales y los seres humanos.

“No. Por suerte, por acá, nada de incendio. Toco madera”, responde apelando a una cábala un baqueano con su boina y su pañuelo anudado al cuello mientras pelea para que una vaca ingrese en un corral.

Su emprendimiento ganadero está sobre el kilómetro 12 de la ruta 174. Se escucha el graznido de los pájaros y un perro retacón, de ojos celestes, se desparrama en el suelo para recibir una caricia. Allí, todo parece plácido.

Animales muertos, en las islas entrerrianas. Foto Juan José GarcíaAnimales muertos, en las islas entrerrianas. Foto Juan José García

Apenas unos kilómetros más adelante el panorama es otro: lúgubre. Árboles quebrados, con la base oscura, como pintados con brea. Puestos donde se producía miel de abeja arrasados por el fuego: los portones vencidos, el herraje desparramado, los cajones desvencijados. Una toldería de pescadores, a orillas del río, luce abandonada. Hay cinco canoas en el agua. En algún momento volverán.

Una de las imágenes que más impacta es la de los animales devorados por el fuego. Hay huesos de carpinchos, de nutrias, de vacas. El cadáver completo, sus huesos, sus dentaduras al sol, sus colmillos inertes.

Varios kilómetros adentro del humedal, cinco integrantes del grupo Albatros, una división perteneciente a Prefectura, se presentan frente a los enviados de Clarín. Consultan datos con amabilidad para descartar la presencia de extraños merodeando la zona.

“Está todo tranquilo. La lluvia ayudó. El domingo se sentía el olor, como cuando se apaga un fuego”, dice uno de los miembros de la patrulla. Fueron tres días de precipitaciones después de meses de nada. Una bendición, sí, pero algo exigua para semejante desastre.

Son 15 los integrantes de Prefectura que llegaron desde San Fernando para apoyar el trabajo de vigilancia que en las últimas semanas sumó a miembros del Ejército.

La huella del fuego, la muerte que sobrevuela en el aire hasta viciar el ambiente, provocó que la Universidad Nacional de Rosario dispusiera, en agosto pasado, la apertura de un dispositivo gratuito y virtual. La idea es atender consultas de la comunidad, aquejada por la inhalación de humo proveniente de las islas.

En algo más de 40 días fueron más de 500 las consultas. El 35% presentaba accesos de tos irritativa, un 22% dolor de garganta, 20% cefalea, 18% afecciones cutáneas y, en menores porcentajes, otras afectaciones de la piel y las mucosas.

Los restos de un pájaro muerto por las llamas.  Foto Juan José GarcíaLos restos de un pájaro muerto por las llamas. Foto Juan José García

“Todos manifiestan sufrimiento subjetivo: abatimiento, fastidio, impotencia. Son términos con los que describen su estado de ánimo frente a la situación”, detalla Ricardo Nidd, coordinador general de Bienestar Universitario a cargo de la Dirección de Salud de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

Parte de esos pesares “subjetivos”, lo que podría también definirse como hartazgo, llevó a miles de rosarinos a cortar, el fin de semana pasado, el puente que une la ciudad con Victoria. Prometieron volver si las quemas persisten.

“Estamos en una situación de alta preocupación desde el punto de vista sanitario. La quema de las islas es casi permanente y somos esclavos del viento. Cuando trae el humo hacia acá, Rosario se convierte en una de las ciudades más tóxicas del mundo. A veces sentimos que estamos en un bote lleno de agujeros. Y nosotros, sacando el agua con un jarrito”, alerta Nidd.

En San Lorenzo, al norte de Rosario, sobre un total de 48 estudios son cinco los casos detectados de vecinos que poseen restos de carboxihemoglobina en sangre, una sustancia nociva que las autoridades sanitarias definen como “veneno”.

La situación en Victoria

Victoria es una ciudad de algo más de 36 mil habitantes. Con edificaciones coloniales y un ritmo parsimonioso, la separa de Rosario el río Paraná –el jueves medía 0,67 centímetros cuando debiera superar en esta época los tres metros–, pero también la afectación que padecen ante la presencia de humo.

A pesar de la cercanía con el humedal, las condiciones naturales y geográficas permiten que la ciudad entrerriana perciba recién este año algunos días de ambiente viciado, aun cuando las quemas se producen de forma sostenida desde 2020.

Este año fue fatalísimo. Pero es la primera vez que lo vemos así. Tuvimos dolor de cabeza, el olor era fuertísimo. Nos tuvimos que encerrar en una habitación”, cuentan Carlos Torres (20) y Emanuel Rivas (25), una joven pareja que atraviesa la plaza central junto a Aarón, su pequeño bebé de cinco meses que por la situación debió utilizar un inhalador.

Héctor (62) es de Buenos Aires. Su papá tuvo una chacra en la ciudad y él conserva una casa. Viaja con frecuencia. Dice que este año, por primera vez, hubo “uno o dos días bravos, en los que volaban partículas”. Muestra una foto de esos días: se asemeja a Londres. O mejor: parece la Rosario actual y contaminada.

Para Victoria, por lo que relatan sus vecinos y a diferencia de Rosario, parece tratarse de un fenómeno esporádico. Carlos Ramos (34) se dedica a cuidar y lavar autos frente a la sede municipal.

“Este año se notó la diferencia. En los autos blancos yo veía las cenizas negras. Pero tampoco es para tanto”, opina. “No, acá no tanto. No es como en Rosario”, confirma Lucas (28), mozo del “Plaza bar”.

El mes pasado, el intendente de Rosario, Pablo Javkin, cruzó el puente y mantuvo una reunión con su par de Victoria, Domingo Maiocco. Le pidió que se involucre con el tema. Una buena parte del humedal está bajo su jurisdicción. Los intendentes santafesinos elaboran, sin embargo, un rosario de quejas que apunta a la inacción del gobernador entrerriano, Gustavo Bordet.

La respuesta de los vecinos de Victoria explicaría una parte de esa política errática: la afectación por el humo no es la misma que sufre Rosario. La UNR llegó a medir, en días críticos, niveles de contaminación que excedieron 17 veces el límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El viernes, con tres focos activos y otros seis controlados, volvía a percibirse un aire contaminado.

Mientras la demorada Ley de Humedales suma históricas postergaciones y recién la semana pasada comenzó a debatirse en el Congreso, la naturaleza no tiene tiempo para esperas burocráticas y resiste. Como puede. El humedal, convertido en un desierto negro y ocre, arrasado por el fuego y la sequía, exhibe ya los primeros brotes verdes que empuja la primavera.

En esa virtud, quizás, se esconde también su condena: para muchos, los que explotan la tierra apuestan a esa –por ahora– eterna regeneración. Y el ciclo de quemas es desde hace más de dos años extendido, constante, pero, sobre todo, perverso. Lo que deja a su paso, en la tierra, en el aire, en el agua, no es otra cosa que muerte.

AS Clarin

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