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El malestar de los ultra con Alberto Fernández y la amenaza de Mauricio Macri que altera a Horacio Rodríguez Larreta

La intimidad del poder. El debate entre los K por 2023: pases de facturas y cambios de estrategias con eje en Cristina Kirchner. El jefe porteño hace un giro. El diálogo Schiaretti-Manes.

No le perdonan una a Alberto Fernández. Lo siguen vapuleando con una frecuencia inusitada, aun para un jefe de Estado habituado a la humillación desde el mismo día en que inauguró su despacho. En los buenos tiempos se lo hacían notar con un silencio ofensivo frente a sus propuestas; cuando la relación con la vicepresidenta comenzó a dañarse, irrumpieron las cartas públicas de Cristina; y el horizonte pareció oscurecerse del todo cuando los principales dirigentes de La Cámpora se colocaron en posición de custodios del modelo y desafiantes permanentes de sus iniciativas. La última novedad llegó antes de la Navidad. Las réplicas ya no parten ni de Cristina ni de sus principales discípulos, sino de dirigentes de tercera o cuarta línea, como si le quisieran hacer entender hasta qué nivel se le permite el debate. Pero él sigue. “Jugamos a fingir demencia”, dicen a su lado, como si se tratara de un logro.

Así hay que interpretar ciertas conductas presidenciales. Dijo Fernández el miércoles: “Les garantizo que me voy a poner al frente de todos, sin exclusión, para que en diciembre de 2023 el presidente que asuma, o la presidenta que asuma, sea uno de nosotros; y me voy a poner al frente para ordenar la fuerza política”. Lo hizo durante la celebración de los tres años de mandato.

Es cierto que donde dice celebración debería decirse resignación: no lo acompañó ninguno de sus principales aliados, Sergio Massa llegó cuando había terminado y la vicepresidenta trabajó para hacerle un vacío; La Cámpora no le regaló ni un tuit. Nadie quiere hacerse cargo de su administración. Alberto se mantiene aislado, por más ofrendas que haya hecho, y el malestar con él se agudiza.

Su último pecado fue haber insinuado en la intimidad de Olivos que el renunciamiento de Cristina a una candidatura para el año próximo lo ubicaba a él, de nuevo, en la grilla de candidatos. Su discurso del miércoles en la Casa Rosada pretendió dar un paso más: no solo no se corre de la línea de aspirantes, como le exigen sus rivales internos desde principios de año, sino que se arroga el derecho de convertirse en el arquitecto electoral. No podía menos que cosechar tempestades.

Se evaluó que fuera Máximo Kirchner el encargado en contestarle, pero el diputado terminó dejando esa tarea en manos de Paula Penacca, que adjuntó en su tuit un artículo de La Nación y dijo que era triste que en la Casa Rosada festejen que la “mafia judicial y mediática” hostigue y proscriba a su jefa. Apuntaron contra Alberto y contra su portavoz, Gabriela Cerruti, que desde su llegada al cargo, pero sobre todo durante el transcurso del mandato, ha pasado a integrar la lista negra del cristinismo.

El próximo embate contra el Presidente será por la situación de Milagro Sala, condenada a 13 años de prisión por los delitos de jefa de una asociación ilícita, fraude y extorsión. La pena fue confirmada el jueves por la Corte Suprema de Justicia. Para el cristianismo es una presa política y pretenden que Fernández la indulte.

La semana próxima meterán más presión. No solo testimonial: varias agrupaciones coparán Plaza de Mayo con un acampe para exigir su liberación. Más allá de la discusión legal (si es factible un indulto cuando la líder de la Tupac Amaru fue condenada por la Justicia de Jujuy), Fernández siempre ha dicho que no iba a indultar a nadie. Lo dijo en alusión a la situación de Cristina, pero lo hizo extensivo al resto del kirchnerismo, que tiene muchos dirigentes apremiados por causas de corrupción.

El deseo del albertismo por no apartarse de la reelección choca contra la idea de la vicepresidenta de abrir una nueva era para potenciar a otros candidatos y una estrategia que permita capturar sectores críticos de su figura. Para ella podría funcionar si a ocho meses de las PASO ambos anuncian que se corren. Le gustaría reeditar de algún modo la experiencia de 2019, pero Fernández no la ayuda. Ni con su gestión ni con su ilusión de pelear por la reelección. A ese combo hay que sumar un factor, acaso decisivo: su método de designación de candidatos a dedo también está roto.

Esos antecedentes hacen que a muchos les parezca cada vez más seductor el nombre de Sergio Massa, incluso a quienes hace un tiempo veían con mejores ojos a Eduardo De Pedro. El ministro de Economía lleva un mensaje moderado al Círculo Rojo y el kirchnerismo permanece dispuesto a tragarse los sapos de su plan de ajuste, que es peor que el que no le toleraban a Martín Guzmán. Pero Massa, antes de pensar en postularse, como piensa, necesita cristalizar sus promesas de llevar la inflación de marzo al 3%.

“Sergio, dejá de decir que no querés ser candidato y de excusarte en tu familia. ¿Quién te puede creer?”, le sugirió un miembro cristinista, de los más acérrimos, hace unas semanas. Massa respondió como suele responder estas cuestiones. Exhibió su mejor sonrisa.

El jueves se festejó casi como un gol el 4,9% que el Indec marcó en noviembre. Los adherentes al Frente de Todos se apuraron en anunciar que la Argentina comienza a transitar un proceso de inflación a la baja. Nada indica que sea así. Según las consultoras privadas, las mediciones de diciembre volverán a tener el 5 adelante. Quiere decir que a Massa le quedarán solo tres meses para reducir la cifra del último mes del año a cerca de la mitad.

La posibilidad de una interna Massa-De Pedro se abrazada por un sector del kirchnerismo. Los albertistas se jactan de que ninguno de ellos sumaría más votos que el Presidente y se preparan para resistir, con un discurso interno que al massismo le irrita: cerca de Fernández sostienen que, si la inflación bajara, él sería el principal beneficiado.

Axel Kicillof se mantiene en silencio. Preferiría que nadie hablara de él. Cristina no lo descarta como candidato presidencial. Es el que más se apodera de los votantes fieles del kirchnerismo y el que tiene un piso alto de votantes, basados en su imagen en la provincia de Buenos Aires que, a diferencia de la de Alberto, se mantiene alta.

La deserción de Cristina entusiasmó a quienes ya se pensaban fuera de la pelea. Juan Manzur es uno de ellos. “No hay que asomar la cabeza antes de tiempo, pero no descarten a Juan XXIII”, dijo el jefe de Gabinete en una charla de pasillo, medio en broma y medio en serio.

Otros creen que hay que buscar un peronista menos contaminado con la actual gestión. Juan Schiaretti, por ejemplo. Es la ilusión del peronismo moderado, y no solo de él. Facundo Manes se siente cómodo cuando lo ve, lo mismo que Roberto Lavagna, Juan Manuel Urtubey y Emilio Monzó. La búsqueda eterna de una tercera vía, antigrieta. Pero el gobernador de Córdoba es un misterio. Cuando le preguntan sus verdaderas intenciones, calla. Y le tiene pánico a los periodistas.

Ese grupo se la está haciendo difícil a Horacio Rodríguez Larreta, que también propone dejar atrás las divisiones, pero no puede prescindir de Mauricio Macri. El jueves, durante el acto en Costa Salguero, el alcalde dijo que quien gane en 2023 deberá continuar con las transformaciones que inició el ex presidente. Fue un gesto en medio de una relación que no está bien.

El jefe de Gobierno prepara el Plan Verano. Irá seguido a la Costa, pero a la vez se concentrará en las fiestas provinciales. Tiene previsto asistir a los festivales de Cosquín y Jesus María y al carnaval de Gualeguaychú. Antes se tomará unos días en el Sur, en el country Cumelén, donde desde hace años pasa las fiestas Macri. Tiene previsto reunirse con él y cerrar algún tipo de entendimiento para tratar de apartar del camino a Patricia Bullrich. O, al menos, para que no se convierta en “su” candidata.

Rodríguez Larreta hizo otros gestos hacia el macrismo. Dio a entender que dejará de ser funcional a la estrategia de Martín Lousteau, como si él fuera imparcial en la interna por su sucesión, y confirmó que su candidato llevará la camiseta del PRO. Tampoco insistió en el acto con las postulaciones de Fernán Quirós ni con Soledad Acuña y colocó muy cerca suyo, para la foto, a Jorge Macri, que viene de desafiar su autoridad y coquetea con Bullrich.

Un funcionario porteño contó días atrás que había recibido un mensaje de Macri desde Qatar en el que le pedía “descongelar” a su primo. Dos colaboradores del ex presidentes lo negaron. “Que se hagan cargo de sus errores. Mauricio va a apoyar a Jorge en la Ciudad y si es necesario va a hacer campaña por él”, dicen. Esa amenaza altera al larretismo porque lo obligaría a enfrentarse a Macri en el distrito que es su nave insignia.

Para evitar esas fricciones, que empezaron hace tiempo y que podrían volverse terribles a medida que avance el calendario, cerca del alcalde plantean la candidatura de María Eugenia Vidal. “Sería una síntesis y tendría el apoyo de todos”, dicen. Suena bien. Pero hay un escollo. Vidal no quiere saber nada.

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