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El peor año de la violencia narco en Rosario: igualó el récord de asesinatos de 2013

En lo que va de 2022 se produjo un crimen cada 30 horas, en promedio. Crece el número de víctimas no involucradas con la guerra narco.

La madrugada del 26 de mayo de 2013, la historia criminal de Rosario se modificó, quizás para siempre. Ese día, Claudio Cantero, el joven de 29 años al que se señalaba como líder y cerebro de la banda “Los Monos”, fue acribillado en las inmediaciones de un boliche bailable.

Una bala rozó la oreja izquierda de “Pájaro”, otra impactó en el brazo izquierdo. La tercera fue letal: ingresó por el hombro derecho y le atravesó el corazón. La fiscal que investigó el caso aseguró que los criminales “acecharon a su presa aprovechando la oportunidad a traición”.

Ese homicidio sacudió una guerra, hasta aquel año algo más solapada, entre organizaciones narco. Expuso abiertamente el poder de fuego de “Los Monos”, que iniciaron una cacería en busca de venganza, pero también la existencia de fuertes enemigos. De un lado y del otro, jugadores dispuestos a luchar a sangre y fuego territorios que permitieran el avance de sus negocios ilícitos.

Aquella disputa desbocada derivó en un récord brutal: en el Gran Rosario se registraron 271 crímenes. Nunca habían sido tantos. Nunca serían tantos. Hasta ahora. El nuevo asesinato registrado sobre la medianoche del sábado en Villa Gobernador Gálvez –Brian Ciuffo, de 31 años, fue acribillado a balazos en su casa– llevó la cifra actual a los mismos niveles de 2013.

De acuerdo al último relevamiento del Observatorio Público de Seguridad (OPS), cerrado con datos de octubre, el 69,1% de los homicidios en el departamento tiene relación con economías ilegales y con organizaciones delictivas. Un rasgo semejante al de 2013.

“En tres de cada cuatro casos (75,8%) se visualizó que la agresión que dio lugar a la muerte no fue espontánea, sino que tuvo un componente, aunque sea mínimo, de planificación”, indica el informe.

En el 53,2% de los casos existió un mandato previo: un instigador que buscaba eliminar a un enemigo y que, en muchos casos, recurrió a sicarios para ejecutar el ataque.

El trabajo del OSP indica que en el 4,4% de las muertes la víctima no fue el destinatario principal del atentado. Otro 2,4% está bajo investigación.

La ciudad tuvo este año repetidos episodios que exhiben como víctimas a ciudadanos alejados del mundo criminal. Blancos de una disputa de la que no participaban.

Los niños Elena Giménez (1), Ciro Caminos (1) o Ámbar Morera (6), acribillados en episodios donde también asesinaron a sus padres –en dos casos involucrados con el negocio narco–, son apenas algunos de los ejemplos más desgarradores.

Hay otro episodio simbólico, que marcó las crónicas policiales por el impacto que causó en la población: el brutal ataque que terminó con la vida de la profesora de danza árabe Virginia Ferreyra (32) y de su madre, Claudia Deldebbio (58).

La secuencia que derivó en sus muertes es parte del espanto que se vive en muchos barrios de Rosario. La joven fue a visitar a sus padres y su madre, por seguridad, decidió acompañarla a la parada del colectivo. Eran las 19 horas del sábado 23 de julio.

Mucha gente transitaba por esa zona del barrio Parque del Mercado cuando integrantes de una banda delictiva descendieron de un auto y dispararon a mansalva. Deldebbio murió en el lugar. Ferreyra luchó por su vida en un hospital durante dos meses y finalmente falleció.

Por el trabajo, que buscaba “matar a cualquiera” para dejar un mensaje en la zona, los sicarios cobraron 30 mil pesos por cada víctima.

Para los fiscales, la orden la bajó René Ungaro, detenido en ese entonces en Ezeiza –en agosto fue trasladado a Rawson– y uno de los delincuentes más pesados de la ciudad.

Se trata de uno de los eslabones que desde hace años le disputa el negocio, entre otros, a “Los Monos”.

La lógica de los atentados y balaceras se modificó ferozmente: los tiradores ya no reparan en el daño colateral. No importa si en el marco de una disputa disparan contra menores o ancianos.

Lucas Vega, un adolescente de 13 años que jugaba al fútbol en las divisiones inferiores de Central, que soñaba con ser el próximo Messi y en reunir dinero para comprarle una casa a su familia en un barrio menos peligroso, fue ultimado a balazos por un grupo que atacó desde un automóvil, el 2 de agosto pasado. Es apenas uno de los tantos ejemplos.

Lucas Vega, de 13 años, otra de las víctimas de este año por ataques narco en Rosario.
Lucas Vega, de 13 años, otra de las víctimas de este año por ataques narco en Rosario.

De acuerdo al OSP, el 56,2% de los asesinados son jóvenes de hasta 29 años de edad. Treinta y dos eran menores de edad, como Lucas.

También es un dato escalofriante de la estadística el aumento en el número de mujeres asesinadas: representan el 22,7%. Nunca fue tan alto. Una de ellas fue Magdalena Acosta (74), quien fue acribillada en abril pasado.

Eran las seis de la tarde. La mujer estaba junto a su nieta de 9, también herida por los tiratiros que pasaron en una moto y en un auto disparando sin un objetivo fijo por una cuadra del barrio Ludueña.

Acosta reclamó que dejen de disparar. Advirtió que había chicos. “Matá a la vieja”, ordenó uno de los sicarios. La víctima, que con su cuerpo intentó proteger a su nieta, recibió una ráfaga de diez disparos. Murió tras agonizar dos días.

Crímenes en aumento

La descomposición criminal en Rosario fue acelerada. Dos décadas atrás, en 2002, se cometieron 106 crímenes. Si se compara con los 271 actuales, representa un crecimiento del 155 por ciento.

Los factores que desembocaron en este laberinto regado de muerte son múltiples. Bandas atomizadas, negocios delictivos en crecimiento, sectores de la policía y de la Justicia corrompidos y obsoletos.

Pero también, empresarios que operan para blanquear el dinero ilegal, una extendida circulación de armas de fuego en el mercado negro –el 89,1% de los homicidios se comenten con ese medio– y controles laxos que permiten a distintas organizaciones y a sus líderes ya condenados seguir manejando sus negocios desde la cárcel.

La tasa criminal, este año, es de 18 asesinatos cada 100 mil habitantes, lo que casi cuadriplica la media nacional. En la ciudad se cometieron en 2022 un asesinato cada treinta horas.

Un callejón al que ninguna administración –provincial o nacional– parece encontrarle la salida. Ni el reclamado aporte de agentes Federales logra moderar los índices. Actualmente en Rosario hay mil gendarmes, casi la mitad entre 2.357 repartidos en todo el territorio santafesino. A esa lista se suman 708 efectivos de Prefectura, 146 de la Policía de Seguridad Aeroportuaria y otros 238 policías federales que colaboran con las fuerzas locales en diferentes puntos de la provincia. El delito parece ser más veloz y marchar, siempre, por delante.

Una realidad cruenta y brutal que ha merecido, en los últimos días, la reflexión amarga del propio papa Francisco.

“En vez de estar en paz, violencia por todos lados. Violencia en la ciudad, inseguridad y, en su mayoría, una violencia producida por el narcotráfico. En lo que va de 2022 llevamos 240 personas muertas, con varias personas inocentes: niños, adultos y ancianos. La violencia es así”, reflexionó el jueves pasado el sumo pontífice en un mensaje enviado a la arquidiócesis local.

La persistencia logró que la muerte sea parte del paisaje habitual. Son 2.672 los crímenes cometidos en el Gran Rosario desde 2010. En los últimos tres años, en promedio, fueron asesinadas dos personas por semana. Tanto dolor, sin embargo, no entra en ninguna estadística.

Rosario. Corresponsalía

Clarín

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