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Mazzuca: «El peronismo está en declinación irreversible»

El politólogo Sebastián Mazzuca (UBA) es Profesor Asistente de Ciencia Política en la Johns Hopkins University de Estados Unidos y un agudo observador de la realidad política vernácula.

Obtuvo un doctorado en Ciencia Política y un Master en Economía en la Universidad de California en Berkeley y fue galardonado con una beca para estudios posdoctorales en Harvard.

Su trabajo se enfoca en la formación del Estado, los cambios de régimen y el desarrollo económico. Publicó cientos de artículos en revistas académicas y su libro más reciente «Latecomer State Formation: Political Geography and Capacity Failure in Latin America» (Yale University Press) generó un gran impacto en el mundo de las ciencias políticas (linkear con

En diálogo exclusivo con El Economista, Mazzuca analiza la situación electoral.

Las encuestas no pudieron predecir los resultados y fue un domingo sorpresivo. ¿A usted qué le sorprendió más: la performance de Javier Milei (mejor a la prevista) o las de JxC y UxP (por debajo de lo esperado)?

La mayor sorpresa fue la buena performance del Gobierno. En una sociedad muy castigada, enloquecida por una inflación superior al 100% y todavía malherida por la mala praxis durante la pandemia—simbolizadas en  la fiesta de Olivos y el vacunatorio VIP—27 puntos es muchísimo. Sobre todo porque dejó al gobierno casi empatado con JxC. Se puede inferir que allí el kirchnerismo tiene un piso muy sólido. La sorpresa es la persistencia y la altura de ese piso.

Es cierto que el piso tradicional del peronismo era 35, pero entre aquel 35 y este 27 ocurrió una catástrofe que llevaría a la bancarrota a cualquier partido de gobierno. La catástrofe no fue sólo económica y social, sino también de gobernabilidad. Justamente desde la fiesta de Olivos, nadie tiene el timón. En el interín, la calidad y cantidad de bienes públicos como seguridad, moneda, salud y prestigio internacional se han degradado a una velocidad desconocida desde 2001, cuando el peronismo estaba en la oposición y pudo capitalizar la bancarrota del resto. Desde esta perspectiva, hay una desproporción grande entre la calidad de las prestaciones y la cantidad de votos.

 

¿Y Milei?

No me sorprendió. Me hubiera sorprendido lo contrario: que un outsider no irrumpiera en la política argentina en algún momento. Tanto va el cántaro a la fuente … Argentina lleva medio siglo de estancamiento económico y más de una década en que mucha gente perdió mucho poder adquisitivo y, por añadidura, seguridad y esperanza. La mesa estaba servida para un outsider.

Milei no sorprende porque el peronismo, dados suficientes años de funcionamiento ininterrumpido, encontró sus propios límites a la capacidad de cubrir la demanda de lo que denomina el campo popular, o sea, los pobres. Hay mucho trabajador informal que no recibe planes y comienza a ver una aritmética según la cual menos gobierno sería mayores ingresos. O que menos peronismo sería más progreso.

Para entender mejor a Milei, déjeme pedir prestado una vieja observación sociológica sobre la velocidad de los procesos. Dos procesos importantes: cambio social y participación política. Gino Germani, el sociólogo ítalo-argentino, sostenía que la movilidad social ascendente rápida creaba desafíos políticos formidables. Mal manejada, podía desembocar en movimientos autoritarios. Medio siglo después el tema de nuevo es la velocidad pero de la movilidad social descendente. Dada la rapidez con la que se han creado nuevas capas de pobreza desde mediados de los noventa en la Argentina, la «identidad» política de los nuevos pobres es todavía bastante plástica. Esta maleabilidad política de la nueva pobreza es el punto clave, difícil de percibir desde las viejas tecnologías partidarias, como el despliegue de punteros para clientelismo individual o cooptación en bloque de movimientos sociales. El votante pobre mediano puede elegir la opción A, digamos «planes», asistencia económica del Estado. Es una suma módica pero de efectos sociales y políticos enormes: salva al pobre de la indigencia y fideliza un gran caudal electoral para el político. Desde la explosión de 2001, esa tecnología de control político, descubierta por Duhalde y perfeccionada por los Kirchner, fue una tentación irresistible, que cualquier político en ese lugar habría usado. Pero, a medida que la pobreza crece y los recursos fiscales se ralean, el vecino del votante pobre kirchnerista, en idénticas condiciones socioeconómicas, pero sin plan o un plan que no alcanza, puede perfectamente elegir la opción B, ser anti-kirchnerista. Primero resiente el plan, luego elige racionalmente votar su desmantelamiento. Me parece una decisión tan sofisticada como el voto de quien sí recibe la asistencia del Estado.

 

En esa realidad emergente, una sociedad argentina muy transformada, tenía que aparecer una nueva oferta política. El kirchnerismo no da abasto a atenderla toda por problemas fiscales, de restricciones presupuestarias. Me parece bastante razonable el crecimiento de Milei.

Acá sí, con el votante pobre pro-mercado, encontramos no la sorpresa de Milei sino la diferencia de Milei con otros populismos, que son un fenómeno recurrente en la historia moderna.

¿Entonces Milei no es un «populismo de derecha» más?

No sería una exageración decir que los populismos de derecha actuales son refractarios de la globalización, entendida como una situación en la que el comercio internacional plantea oportunidades y problemas que desbordan las capacidades del Estado nacional—en América latina, el desborde es peor porque los Estados son muy poco capaces. La reacción de los populismos de derecha es cerrar la economía, proteger a los frustrados, a quienes perdieron con la competencia internacional. Eso tiene una afinidad bastante natural con el anti-cosmopolitanismo de Trump—lo que Argentina llamaríamos patrioterismo.

Milei, propone dos cosas: dolarización y anticasta. Con dos palabras hizo toda una campaña electoral. La embestida contra la casta es compartida con el populismo trumpista. La dolarización, no. A los pobres no les propone ir contra la globalización sino a favor de ella. Que aparezcan empresas del tipo y la forma que sea, que les den un empleo digno, con el cual puedan recuperar poder adquisitivo. Cuando promete dolarización, creo que Milei dice (y sus votantes oyen) estabilización monetaria vía internacionalización: libre comercio que recompensaría al laburante con inserción productiva en cadenas económicas globales. Para muchos sería un gran progreso material poder convertirse en proveedores cuentapropistas de una pequeña empresa local que a su vez pueda venderle algo a una compañía multinacional competitiva. La economía que comunica a  trabajadores informales es la que les permite re-engancharse, aunque sea muy indirectamente, al comercio global y producir ingresos sin la indignidad del plan. Milei termina siendo mucho más doctrinario que los otros populismos de derecha contemporáneos, que carecen de toda sofisticación en teoría económica, como Bolsonaro o Trump.

El fenómeno Milei entonces comparte el género del populismo, la furia anti-casta. Pero es una especie muy rara. Es más doctrinaria que los populismos de derecha actuales, y en eso se parece a los viejos populismos de derecha. Pero también se desmarca de los viejos populismos de derecha—que eran corporativistas—con su enfático y novedoso contenido libertario.

¿Cómo imagina un Gobierno de Milei? ¿Podrá hacer lo que dice que hará? Usted parece sugerir que no. «No hay manera que pueda gobernar sin decepcionar a sus votantes», tuiteó.

Lo que tuiteo suele ser lo primero que se me ocurre, un borrador de una idea para conversarla con alguien más inteligente, que me fuerce a mirar datos y a pensar en serio.

Tomemos como premisas lo que sabemos y veamos qué podemos concluir sobre gobernabilidad. Sabemos que Milei es un fenómeno electoral, pero no es un partido y mucho menos un grupo de partidos preexistentes que se juntan. Es un movimiento: él mismo y una cantidad enorme de ciudadanos que creen lo que dice y les gusta. También sabemos que los votantes de Milei son muy diversos, pero coinciden en estar muy frustrados y posiblemente también sean muy racionales: están mirando opciones y eligen la que creen mejor para su bolsillo y su dignidad. Esa opción es una economía que funcione sin Estado y un gobierno que funcione sin políticos. La juzgan infinitamente superior al status quo.  Ese apoyo es por ahora su mayor activo político, de gran rendimiento electoral pero de incierta capacidad de gobierno.

Más aún, la fuerza de Milei como movimiento electoral nuevo es en varios sentidos una debilidad cuando deba convertirse en máquina de gobierno. Aunque nadie toma las promesas de campaña muy en serio, lo que promete Milei como candidato, por contenido e intensidad, limita su posterior capacidad como presidente. Prometió reformas múltiples (fiscal, laboral, monetaria, estatal), profundas y rápidas. Y además prometió no transar porque ése es el atributo de la casta. Para el próximo período gubernamental, todo su apoyo electoral se va a traducir, con suerte, en una presidencia, a lo sumo un quinto del Congreso y cero gobernadores. Para hacer sus reformas, Milei necesita conseguir el apoyo de legisladores y gobernadores que no tiene y además debe evitar el veto de sindicatos y movimientos sociales. Todo eso bajo la mirada de inversores muy descreídos y renuentes, que van a requerir garantías claras de gobernabilidad antes de abrir la billetera—los recursos que necesita Milei para revivir la economía.

Estas cosas no se consiguen de un día para otro. Aparte conseguirlas requiere negociar, y negociar es aguar las promesas de dolarización, motosierra y casticidio. ¿Cuánta paciencia tienen los votantes de Milei? ¿Y cuánta templanza tiene Milei para tolerar un poco de desamor? Como con Trump, pero más exagerado por la falta de partido, la política de Milei puede comenzar a depender mucho y muy rápido de su propia estabilidad emocional y la de sus votantes. Demasiado azar para una economía y una sociedad atadas con alfileres.

Haciendo una simplificación algo dramática, para gobernar Milei tendrá que elegir entre dos choques: o negocia con el resto de la clase política y choca con sus propios electores que esperaban la eliminación de la casta, o impone políticas sin negociar, para evitar defraudar a sus seguidores, y choca con el resto de los poderes. En el segundo choque, a su vez, la víctimas son inciertas: o Milei rompe la democracia o la democracia destituye a Milei. Institucionalmente, Milei nos acercaría al Perú de Fujimori o el Perú pos-Castillo.

 

El otro día marcó una paradoja: «Lo más probable es que Juntos gane cualquier balotaje (contra Milei o Massa). Pero lo más probable es que Juntos no llegue al balotaje.» ¿Por qué no llegará Patricia y por qué cree que JxC hizo una mala PASO?

Faltan dos meses para las elecciones; el dicho general es que «todo puede pasar». Creo que más preciso e interesante que el dicho es reconocer que casi seguro que algo va a pasar.

Salvo una operación muy fuerte o un error no forzado muy grave, Milei está en el balotaje.

Que el rival sea Bullrich o Massa depende de la economía, la inseguridad—que pueden ir de la mano si el próximo fogonazo de precios induce saqueos—y la campaña. Sobre Massa, la oposición insiste con eso de que nunca un gobierno reeligió con 200% proyectado de inflación sin reservas ni programa, lo que en efecto es una híper. Pero ése es un cuento complaciente y quizá peligrosamente perezoso. Estamos descubriendo enormes reservas de amianto dentro del kirchnerismo, incluso en retirada. Porque también es cierto que son inexistentes los casos de gobiernos que logran sobrevivir a la ausencia del presidente y la vice y a la abdicación del ministro de economía ante la inestabilidad macro. Entre la tenacidad política de Massa, la identidad peronista y el aguante de los gobernadores, el kirchnerismo produjo un excepción  lo que en cualquier parte del mundo sería un incendio (el fantasma del helicóptero). Y encima logró hacer pie en las PASO. No habría que desestimar esa capacidad. Para llegar al balotaje, UxP no necesita mucho más que una campaña exitosa de centrifugación de votos, es decir, hacer crecer la expectativa de que votar a JxC es inútil porque sólo Milei derrotaría a Massa y vice-versa. Eso requiere bastante coordinación explícita de Massa con gobernadores e intendentes y al menos coordinación tácita de Massa con Milei. El tiro por la culata de esta campaña sería que Milei gane en primera vuelta. Pero Massa, casi sin pólvora, está dispuesto a todos los riesgos.

Bullrich está en una encrucijada, que se refleja en la parálisis de estos primeros días posteriores a las PASO. Es cierto que JxC precisa parar la pelota para reagrupar y reflexionar. Pero la encrucijada es de hierro. Si se mueve a la derecha puede sufrir hemorragia electoral de quienes votaron a Larreta y además aparecer como segunda marca de Milei, como el propio Milei astutamente le advirtió. Si se mueve hacia a la izquierda, para blindar los votos de Larreta, teme que se desdibuje su marca personal, una mezcla de firmeza, autenticidad y coherencia.

Además, hay otra dimensión de la competencia política, que no pasa por el programa económico (más liberal o más estatista), sino por la credibilidad política, que puede ser alta o baja independientemente del contenido de la propuesta económica.

De la investigación política salen buenas técnicas para despolarizar la competencia política, pero funcionan muy lentamente y no pueden torcer la dinámica de un día para otro, menos en el medio de una campaña.

Para no perder votos con Milei, Bullrich tiene que convencer que las reformas pro-mercado de JxC no sólo son superiores técnicamente a las de LLA, sino que tienen más chances de gobernabilidad.

Pero es importante saltar de la dimensión de programa económico a la dimensión de credibilidad política. Milei yendo contra la «casta» hizo brocheta de peronismo y macrismo, acusándolos implícitamente de parásitos del Estado cuya especialidad laboral es traicionar a la gente. Socavó la credibilidad de ambos rivales por igual. JxC podría salir rápidamente de esa encerrona si se anima a liderar a la opinión pública y no correr detrás de ella. Eso sería decir en voz alta lo que creen en voz baja: que las candidaturas poco confiables son las otras dos. Algo que no es difícil de comunicar con un poco de sentido común. Massa no es confiable porque, desde su transición de cruzado contra ñoquis de La Cámpora a abanderado del discurso anti-FMI de Máximo,  su mayor capital es la disposición a quemar hasta la última gota de credibilidad con tal de seguir en carrera. Tampoco sería muy exigente demostrar que Milei es poco confiable, martillando cuestiones de maduración emocional y viabilidad política. Deberían animarse en JxC a encarar a los votantes menos sólidos de Milei y decirles que su candidato tiene menos credibilidad que Massa porque carece de política para gobernar reformas. Milei no sólo no ha explicado cómo va a negociar una reforma pro-mercado sino que hizo de no negociar su certificado de pureza. JxC tiene que reconocer lo que el Milei candidato ayudó en términos de «desterraplanizar» el debate económico. Pero tiene que ir con los botines de punta contra el Milei posible presidente, destacando el salto al vacío que es su dudosa capacidad de gobernar.

Más allá del eje de confiabilidad, está el eje de política económica. La única que le queda al PRO es aprovechar el 70% de rechazo intenso contra la política económica kirchnerista y demostrar con contundencia la superioridad técnica de su plan económico. Que las alternativas son el desempleo menemista de Milei o la hiperinflación kirchnerista de Massa. Para eso, Bullrich puede rápidamente delegar la campaña económica a un equipo sobresaliente de economistas, que por un largo rato sean más pedagogos que cualquier otra cosa. Además de Laspina, Melconián y López Murphy, Lacunza, Prat Gay, Espert y Tetaz pueden hacer un enorme trabajo de educación macroeconómica. Incluso si pierden las elecciones, JxC podría aprovechar la crisis económica y la moda Milei para alzarse con algo así como el monopolio de la cordura en economía política. Donde está parada económicamente la Argentina, no hay tanto misterio para reestablecer la estabilidad monetaria y el crecimiento económico. Los propios Massa y Milei lo saben, pero tienen restricciones políticas para hacerlo; de distinta índole, el veto camporista para Massa, la falta de método político de Milei.

SI llegara a producirse un balotaje entre Milei y Massa, porque predominaron las fuerzas centrífugas y vaciaron electoralmente la propuesta de JxC, se abriría un escenario distópico. El votante mediano tendría que votar por alguna de dos opciones que considera extremas, y cada polo extremo sentiría una derrota existencial si gana el otro. El poder de dominio de la calle de los movimientos piqueteros es rápidamente convertible para otros usos. El kirchnerismo tiene una reserva de poder de choque, reclama el monopolio del poder de resistencia violenta. Milei prometió enfrentar al kirchnerismo de lleno y, así como en pocas horas Trump armó su 6 de enero, los seguidores de Milei pueden enfrentar el piquete kirchnerista con un contra-piquete libertario: choque de trenes. Los votantes de Milei parecen igualmente intensos que los votantes kirchneristas. El dilema peruano a nivel institucional que produciría la victoria de Milei (destitución o autogolpe), se podría desbordar a la calle. Mileístas frustrados y kirchneristas con piedras podrían empezar a las piñas y terminar en guerra civil. En otros casos de estallidos y crisis institucionales—Chile, Colombia, Perú—no había habido un prólogo tan largo y tan doloroso de derrumbe económico. En Argentina, ese derrumbe pondría esteroides al enfrentamiento callejero entre fuerzas polarizadas.

¿Cuán grave es la crisis del peronismo? Da la impresión de que perdió atractivo electoral y que ya no es el partido del orden y la gobernabilidad.

El peronismo está en declinación irreversible, pero de ninguna manera en extinción. Se va a achicar pero no desaparecer. Esta declinación es una convergencia de dos factores: un factor de largo plazo, que es sociológico; y un factor de corto plazo, que es político.

El factor sociológico de largo plazo es que hay al menos tres tipos de intereses populares. Sólo uno de esos intereses populares es el tradicional del peronismo: los trabajadores formales que pertenecen a un sindicato y en última instancia están representados por la CGT. Son trabajadores protegidos por la ley laboral, que pueden hacer frente a los estragos de la inflación mucho mejor que los demás sectores populares porque negocian regularmente aumentos de salarios y logran que no se rezaguen demasiado respecto de los demás precios.

El otro gran componente son los trabajadores informales, que con 8 millones superan por mucho a los 6 millones de formales. Las mismas protecciones de los trabajadores formales son un obstáculo para que los trabajadores informales se incorporen al mercado de trabajo formal, porque las leyes laborales encarecen prohibitivamente el contrato en blanco para casi todas las PyMES (deben ser miles las que no sea crean disuadidas por eso). Estos trabajadores sí pierden muy feo contra la inflación. Dos estudios muestran que éste es el sector donde Milei le saca más votos al peronismo. Son trabajadores que advierten que les conviene que el Estado no intervenga porque la intervención o crea desempleo o previene que exista un negocio. Por eso, los trabajadores informales están en conflicto con los trabajadores formales.

Después hay un tercer sector de los sectores populares que son los que reciben planes sociales, que son en buena medida pagados con impuestos de los trabajadores formales. El conflicto entre trabajador formal y lo que los mismo laburantes formales llaman «planeros» es económico y directo. Entre el trabajo informal y el desempleado con plan hay más un conflicto «cultural» o de estatus que económico. Es cierto que el informal sin plan puede resentirse por no tener la fuente de ingreso adicional que tiene quien acumula planes. Pero por lo que escuché repetidamente, cuando lo llama «planero» busca una estigmatización, bastante novedosa, con dos sentidos: vago y vendido, o sea, no le gusta el trabajo pero le gusta ser cliente político.

Entonces hay un conflicto cultural y económico entre esos 3 sectores.

Habría que agregar un cuarto sector, del que mucho sociólogos y antropólogos han escrito o me han contado (se me viene a la cabeza el trabajo de Matías Dewey): los trabajadores contra la ley, no ya sólo fuera de la ley, como los informales. Es insignificante numéricamente pero muy significativo políticamente. Se trata de un rango muy amplio de delincuentes, que va del punga callejero a quienes participan en alguna fase de los desarmaderos de autos, de mini-mafias municipales, generalmente vinculadas a una barra brava, a socios del narco. Sectores amplios de la dirigencia intermedia peronista, siempre con la venia de un gobernador, han ido forjando una calibrada asociación con estos sectores. El corazón de esta sociedd es una tecnología de intercambio de favores que cumple el doble objetivo de contener y regular la escala del delito para evitar el desmadre social y el de manipular para sacar rédito político, tipo servicio de guardaespalda, informante, brazo de choque en los piquetes y obviamente contribución de campaña.

Ahí hay 4 sectores a los que el peronismo pudo atender muy bien durante el tiempo del commodity boom. Cuando desaparece todo ese dinero extra, no se puede tener a todos contentos; los signos iniciales de agotamiento son de 2007 pero ya desde el 2011 la manta se ha venido achicando de modo insostenible. Entonces la versión kirchnerista del peronismo perdió la capacidad de representar a todos los sectores populares que considera su monopolio político. En ese sentido hay una crisis estructural del peronismo, que no puede cubrir un electorado demasiado grande y demasiado diverso. En el ínterin, algunos sectores probablemente se derechizaron: encontraron que el mercado, el mérito y el esfuerzo personal sin asistencia del Estado ni el favor del puntero es la vía más más instrumental. O la más digna.’

El otro factor de declive del peronismo es político y coyuntural: es el desempeño anémico que en casi todos los renglones tuvo el gobierno de Alberto Fernández. Eso agravió a algunos viejos votantes del peronismo y pulverizó las chance de crear nuevos. Sin agravios sostenidos, no hay crisis de partido. Y sin agravios sostenidos, no habría Milei.

 

Lo más novedoso es que la doble crisis peronista está ocurriendo a cielo abierto, y además de los sectores populares, es el electorado filo-peronista general al que lo corroe el escepticismo con respecto a su capacidad de defender las consignas tradicionales de inclusión y paz social. Eso repercute en escepticismo respecto de la capacidad de ganar elecciones y, por consiguiente, de procurar trabajos en el Estado para sus militantes. No olvidar que una parte de la identidad del peronismo, como todo partido nacido en el Estado, y no en la oposición, es mucho más racional y transaccional que cultural e ideológica: ofrece a sus activistas la promesa de empleo público. O sea, la hemorragia de votos del peronismo, que nace en el desborde de su alcance dentro los sectores populares, continúa con el desánimo de los espectadores fuera de los sectores populares cuando ven que la vieja maquinaria no se adaptó al nuevo escenario. Y que eso les puede costar el trabajo.

Varias veces estuvo el peronismo en terapia intensiva, no sólo con las proscripciones de la época del péndulo cívico-militar, sino también con la derrota de Lúder y Herminio en 1983 o después de años de éxito de Menem, donde la minoría progresista del peronismo hizo una secesión. También estuvo amenazado por la crisis del 2001, aunque es el partido que mejor la enfrentó y hasta terminó capitalizándola.

Pero esta crisis es nueva. Tras tanto tiempo en el poder, una buena parte del electorado le picó el boleto al «relato». Además, un punto crucial: ya hay una oferta de centro derecha, que es el PRO. No hay posibilidad de que el peronismo arme una oferta desde ese espacio, como fue con Menem. Massa quizá hubiera querido, pero tiene muchísimas dificultades, y una es que no puede ser promercado porque esa fuerza promercado ya claramente es el PRO (el veto camporista contra la menemización está, pero es nada comparado con la pared del PRO). Al peronismo se le agotan la opciones de renovación.

Su renovación va a pasar por un recambio del plantel kirchnerista con una dirigencia de izquierda menos ambigua. Tendría que encontrar la alquimia para combinar un partido laborista de sindicatos ya sin timidez para abrazar la izquierda democrática con un partido cooperativista de trabajadores informales. El desafío es reconciliar los intereses de esos dos sectores entre sí y con los gobernadores.

Además Grabois tiene que descifrar cómo el cooperativismo sería una fuerza económica dinámica en el siglo veintiuno.  El peronismo solía poder moverse de izquierda revolucionaria a derecha fascista o neoliberal con gran flexibilidad—algunos dirían cinismo—pero eso ya no lo puede hacer. El kirchnerismo quedó muy malherido y no se va a reconvertir como kirchnerismo porque los herederos que Cristina eligió están muy pegados a la bancarrota de la marca: Kicillof, Massa, los chicos de La Cámpora, que llegaron a la mediana edad sin un logro para mostrar. Entonces se va a renovar por otro lado que no sabemos. Esas posibilidades de renovación son muy limitadas, pero muy interesantes.

El Economista

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