Por Darío Lopérfido

Muchos argentinos votaron a Milei como una forma de votar en contra del peronismo. De hecho, a muchos de nosotros lo que más nos gusta de Milei son sus enemigos. Cuando vemos a conspicuos kirchneristas lamentándose, cuando se acorrala a los gerentes de la pobreza, cuando se enfadan los de ATE o cuando miles de defensores de absurdas agendas identitarias claman por la pérdida de derechos, muchos celebramos. 

También lo hacemos cuando se atacan partes del corrupto Estado argentino, que el peronismo ha pervertido y convertido en ámbitos de saqueo. Este es el acuerdo básico entre aquellos que no votaron a Milei en la primera vuelta, pero lo hicieron en el balotaje. Parafraseando al maestro: “No nos une el amor, sino el espanto”.

Además, hay medidas que satisfacen a esos electores. Que Federico Sturzenegger asuma como ministro con una agenda que consiste en eliminar regulaciones de años (diseñadas para robar) y con una poderosa determinación en atacar áreas del Estado con funciones duplicadas o triplicadas, que solo sirven para deteriorar la calidad de vida de los ciudadanos, es otro ejemplo de la sintonía entre quienes votaron a Milei en segunda vuelta. Este plan de Sturzenegger había sido diseñado para un eventual gobierno de Juntos por el Cambio, lo que hace que el ejemplo sea aún más elocuente.

La amargura de los K y la izquierda nos alegra, no lo vamos a negar. Esa alegría nos hace tener la piel bastante dura al ver a personas como Scioli, Lijo, Cúneo Libarona (nos enteramos que a su cuñada le dieron un programa en la Televisión Pública donde, al parecer, no importa tanto el ajuste) y a muchos peronistas en lugares de poder.

Reprimimos las náuseas y pensamos en los lamentos de los K y en que la reforma del Estado la llevará a cabo quien hizo el proyecto para Patricia Bullrich y fue funcionario de Macri. Así, las náuseas se nos pasan un poco, pero el sabor amargo en la boca permanece por un rato.

Ese mecanismo funciona para quienes solo votaron a Milei para evitar que ganase Massa. Sin embargo, gobernar implica tratar de representar a la mayor cantidad de personas con distintas particularidades y necesidades, y la situación económica de Argentina sigue siendo muy mala.

Hay una mejora evidente con la baja de la inflación, pero sectores como la clase media trabajadora (que no recibe planes) y los jubilados lo están pasando muy mal. La política no puede mirarse el ombligo y no hablar de estos temas.

El gobierno no puede ignorar que la recesión es tan grande que hay sectores que no pueden llegar a fin de mes. Es imprescindible que el gobierno le hable a esa gente, que les dé perspectivas de cuándo mejorará su situación. Esto no implica dejar de reconocer logros como la baja de la inflación, pero se observa una tendencia exagerada a hablar de ideología y no de la realidad.

La ideología es un vector que guía al gobernante, pero la elasticidad del discurso implica observar una realidad que no tiene que ver ni con la Agenda 2030 ni con discursos hiperideologizados que son útiles para los influencers, pero no para los gobernantes.

La gente está angustiada porque no bajan los impuestos, por los negocios que cierran, por la educación de sus hijos, por la inseguridad. Es imprescindible que el gobierno hable de esos temas.

El presidente va a la televisión e insulta a dirigentes como López Murphy o se enoja con periodistas. Son los ciudadanos quienes deben evaluar a los dirigentes políticos y a los periodistas. A nadie le importa lo que diga el Presidente sobre estos temas. Solo les habla a los fanáticos.

Los que queremos que le vaya bien a este gobierno seguimos pidiendo que la agenda se centre en la necesidad y la angustia de muchos argentinos que se preguntan cuándo se abrirá el cepo y habrá competencia para que bajen los precios, cuándo mejorará la situación económica, la educación, la seguridad y cuándo pagarán los responsables de este desastre.

La distancia entre lo que dice un gobernante y la realidad debe ser muy corta.

Como dijo una vez Leonard Cohen: “Nuestra incompetencia siempre nos da nuevas oportunidades para humillarnos”. La incompetencia en política es no conectar con los problemas reales de la gente.

Esperemos que el gobierno se convenza de esto.