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Pascuas como pasaje sobre la pandemia

Todos los años los cristianos celebramos en este día de Pascua la resurrección de Jesucristo, símbolo del nacimiento a la nueva vida luego del ocaso de la anterior. Como todo proceso cíclico, es complemento del previo, aparentemente opuesto, con el cual forma parte como un todo. Esa nueva etapa, la resurrección llega luego de haber atravesado un camino donde padeció traiciones, engaños, tortura y finalmente su homicidio. Ese ciclo constante es el de la vida misma en la cual los ciclos no existen uno sin el otro.
Este año coincide en el calendario con las otras dos religiones monoteístas hermanas, el islam y el judaísmo, en el que este último guarda más evidentemente que el cristianismo, la idea de pasaje (Pesaj) en realidad de «pasar por encima de», en relación con la liberación del pueblo judío de Egipto.
El proceso que culmina cíclicamente en Pascuas ocupa todo el año de alguna manera, pero adquiere particular importancia desde el inicio de la cuaresma, el miércoles de ceniza, en el que se queman (la ceniza) los ramos que han sido bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior, significando el final de ese periodo, que comenzó gozosamente simbolizado por las ramas verdes y el comienzo del camino por el desierto. Esto llevará a una nueva glorificación (de ramos, del siguiente periodo), que marca el inicio de la Semana Santa, es decir la más importante del año litúrgico, en la que el «cordero de Dios», es decir el que será sacrificado ritualmente, será sometido a todo tipo de pruebas y traiciones, para finalmente sacrificarlo. En este periodo pasará también por el vía crucis, la vía de la cruz, instrumento de tortura, que ha quedado como expresión que usamos para referirnos a padecimientos interminables donde el sufrimiento físico, psíquico agravados por la incertidumbre serán claves, ya que cuando ya se creen superados, vendrán otros. Finalmente queda solo en la cruz, donde aún allí es sometido a más torturas por encima de las propias de ese instrumento de tortura y finalizará su vida terrenal.
En épocas de caos es la cultura la que sirve de malla de contención, y en momentos de pérdida de sentido, identidad y pertenencia quizás parte del camino a explorar sea justamente nuestra propia pertenencia cultural. Así, el mito cíclico que a su vez se repite en otras culturas de manera similar, quizás sirva para entender algo de esta caótica época de «pandemia», que ha impuesto un vía crucis a la población mundial y ha generado tanto dolor.
Igual que la mítica, también fue ejecutada por «hombres justos y respetuosos de la ley», por «sabios» que buscaban el orden y el bien. Las diferentes etapas de la travesía por el desierto del aislamiento forzado, de ese vía crucis con innumerables, desconocidas y renovadas pruebas, en el que nunca se podía saber si la medida sería la última o qué se decidiría sobre nosotros, pueden adquirir otra imagen a la luz del mito, del símbolo. Los padecimientos han sido innumerables, con pérdidas en algunos casos difíciles de poder ser comprendidas en la magnitud de su dolor y que marcaron un antes y un después en la vida de toda la humanidad, sea por la enfermedad o por las medidas tomadas de difícil justificación lógica o científica, para combatirla. María vio morir a su hijo, muchos en la época actual no tuvieron siquiera ese consuelo. No hay duda de que a este pasaje, al igual que los ciclos, le seguirán otros, que ya se están preanunciando.
De todo esto han quedado muchas personas afectadas, y entre las consecuencias, las emocionales, las comportamentales, es decir, las ignoradas, sobresalen. Así la OMS descubre y de allí los medios, al cabo de dos años, que algo sometido a una noxa y a un trauma repetido sufre padecimientos, que no es solo el Sars-CoV-2 sin un ser humano integral. Sin embargo, encapsulan este «hallazgo» refiriendo que se ha notado un «incremento» en ansiedad y depresión, la cual adquiere una etiqueta, «depresión postpandémica». No especifican si son las consecuencias del virus o de las medidas, con lo que siguen siendo los justos.  Es decir, la máxima organización médica del mundo descubre fisiopatología de base, las consecuencias de una noxa repetida. En realidad, ese extraño desconcierto, explicaría por qué se habla solo de ansiedad y depresión, en lugar de referirse al extenso espectro de manifestaciones del malestar, desde las leves hasta las más graves, ocasionadas por un mundo que cambió y al cual no parece fácil o posible adaptarse. Se trata de una sociedad que ha visto profundamente perturbado su propio sentido e identidad existencial y así ha tratado de afrontar el cambio, en algunas ocasiones con cierto éxito, en otros sin poderlo hacer y en algunos con grandes costos. La incertidumbre y el temor a la muerte constantemente inyectado, sin duda dan «ansiedad y depresión post-pandemia» que, por supuesto, se ha incrementado exponencialmente sin necesidad de ser psiquiatría para verlo. Quizás una mirada así sea parcial, ver el incremento en el consumo de psicofármacos, alcohol o drogas. Pero esto es solo la superficie de algo mucho más profundo y es una sociedad diferente que vive una ausencia de puntos de anclaje referenciales, en parte, los rituales que mencionaba. Mucha gente ha quedado detenida en su evolución personal y vital y no encuentra ni les ha sido ofrecida una salida a esa real crisis existencial, la de encontrarse en un nuevo mundo que tendrá un nuevo orden, sobre el cual no ha podido participar en la elección de saber si quería o necesitaba ese cambio u orden y tampoco le dicen o ayudan a situarse en el nuevo paradigma, que otros decidieron era el mejor para nosotros.
El cuadro clínico, depresión, ansiedad, trauma, es la punta del iceberg, el problema real lo que no se ve, o no tiene voz como en la infancia, no casualmente ignorada. En este contexto leer esa depresión con los marcos referenciales previos a la pandemia, es un absurdo reduccionista.
Quizás sea aquí donde recurrir al símbolo, al mito, sea una vía para poder rearmar un camino, por fuera de pertenencia religiosa alguna, pero sí saber que se pertenece a algo más amplio a uno mismo y es la cultura. Entender e incorporar el misterio del martirio, muerte y resurrección es poder vivir los ciclos vitales, donde en el momento de mayor oscuridad comienza el amanecer o el día más corto o supuestamente más frío del año, se inicia el camino opuesto.
Interesantemente, Jesucristo en un momento en el monte de los olivos pregunta si podrá evitar beber el cáliz que significa su destino y que implicaba lo que habría de padecer, pero luego aceptándolo y aún al ser traicionado y capturado, evita que sus discípulos lo defiendan. Aceptó que el proceso debía ser recorrido para poder resucitar. Nosotros también hemos sido traicionados, engañados por quienes supuestamente nos protegían, y ese es parte del trauma a superar. El miedo, el enojo, nos hace retener la respiración, pero no será esa la solución. Hay que seguir respirando y de la misma manera y no quedarse detenido en una etapa del ciclo, bajo ninguna forma.
El proceso de salida del trauma psíquico, es también dejar de estar paralizado, apegado y aferrado al mismo. Es aceptar que nada se puede hacer sobre lo ya ocurrido y abandonar (morir) a un estado mental y emocional. A una serie de reflejos y renacer, de manera resiliente diríamos actualmente, a esa resurrección a otra realidad.  Es usar el obstáculo como posibilidad y motor del cambio a un nuevo orden, pero esta vez personal, que construimos nosotros a nuestra medida y deseo. En ese proceso de aceptar, hacer el duelo, despegarse de lo sufrido y perdido, saber que no se lo va a recuperar, al menos de la misma manera, allí comienza una nueva vida.
Ese proceso individual, sin duda debe ser ayudado por lo colectivo, y asistido profesionalmente en muchos casos, pero por el contrario sin la aceptación y sin haber recorrido ese vía crucis personal para dejarlo atrás, no habrá ayuda posible.
El milagro o el misterio de la resurrección, de la resiliencia a una nueva vida, está en aceptar esa prueba, asumir aquello que lo ocasionó, despertar y aprender de todo ello, y renacer fortalecidos.
Los huevos pascuales agregados posteriormente en las celebraciones, son el símbolo de la semilla de esa vida por nacer, símbolo de lo nuevo y desconocido y llevaban una sorpresa dentro. Al mismo tiempo, en el arte japones los huevos Kintsugi son aquellos que no evitan mostrar sus fracturas, sino que son ellas las que luego de soldadas les dan mayor fortaleza.
Felices Pascuas de resurrección.
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