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Por qué Milei desreguló todo en salud menos los aportes de los jubilados al PAMI

La posibilidad permitiría a los jubilados poder elegir una obra social diferente. Expertos explican si este plan sería viable y los intereses que hay en juego.

Algunos en el mundo de la salud celebran que, dentro del polémico mega decreto del Presidente Javier Milei haya alguna medida “sensata”, como la eliminación de la triangulación con ciertas obras sociales para derivar aportes a las prepagas. Los famosos “peajes” o “sellos de goma”. Sin embargo, esas mismas personas están sorprendidas de que el banquete de desregulaciones no incluyera un proyecto en el que se intentó avanzar en el pasado y que calzaba perfecto con la impronta libertaria: que los jubilados puedan derivar el total de sus aportes a la obra social o prepaga de su gusto, y no necesariamente al PAMI. Al margen de los pro y contra de una medida así, contaremos por qué no se contempló.

Desregular el PAMI era uno de los puntos importantes del plan de Salud de Eduardo Filgueira Lima, una de las fuentes de esta nota y el que por un rato fue “el” elegido para ocupar la cartera nacional de Salud, cuando todavía se creía que iba a estar bajo el ala del ambicioso ministerio de Capital Humano de Sandra Pettovello.

“El decreto tomó muchas cosas del plan que elaboré con mi equipo, pero otras fundamentales para atajar la contingencia del sistema en crisis no se tomaron”, explicó el médico, ahora apartado del Gobierno. En cuanto a desregular el PAMI agregó que, “a lo mejor pensaron que no era necesario y podía quedar para mejor oportunidad”. O, sumó: “A lo mejor querían que el PAMI quedara tal como está”.

Dejar al PAMI como un cuerpo estanco en medio de un intento de revolución del Estado no puede no llamar la atención. Los términos “PAMI” e “Instituto Nacional de Seguridad Social para Jubilados y Pensionados” (INSSJP) no figuran en el decretazo ni en la ley ómnibus. ¿Se buscó preservar una de las mayores y más maleables “cajas” de la política argentina?

El PAMI es la mayor obra social del país, con 5 millones de afiliados. Tiene alcance nacional, una planta de más de 15.000 empleados, representa el 35% de la venta de medicamentos de la industria farmacéutica y condensa el 1% del PBI. Según datos oficiales de 2023, esto implicó 1,6 billones de pesos o más de 4.300 millones de dólares. Es casi el 10% del gasto nacional en Salud.

Se consultó al Ministerio de Salud (conducido por Mario Russo) y al PAMI (por Esteban Leguizamo) por qué entre tantas desregulaciones no se contempló una para los jubilados. Al cierre de esta nota no se habían dado respuestas concretas.

En cambio, siete de las diez fuentes consultadas para esta nota, entre ex funcionarios, sanitaristas, académicos, directores de prepagas y de asociaciones gremiales, respondieron tirando de la piola de “preservar la caja del PAMI”.

Antes de detallarlo, un paréntesis para explicar por qué algunos creen que desregular los aportes al PAMI se debería contemplar.

¿Por qué un jubilado querría derivar sus aportes de salud a una obra social que no fuera el PAMI? Hay al menos dos realidades distintas.

La primera es la inmensa mayoría de jubilados que cobra la mínima, poco más de 100.000 pesos. Son personas a las que una desregulación no les haría mella y que necesitan los servicios de salud del INSSJP.

Por unanimidad, los consultados consideraron que esos jubilados deberían conservar los servicios del PAMI. Ahora bien, si los jubilados que ganan más se fueran a las obras sociales y prepagas, el PAMI se achicaría.

Algunos creen que de ese modo se podría lograr una mayor eficiencia, pero varios lo discuten. El tema siempre es cómo se haría. Lo que nadie cuestiona es que el Estado debería compensar las cápitas de los que menos ganan para garantizar -y mejorar- su atención actual en salud.

El segundo escenario es un aproximado 20% a 25% de jubilados (estimaron dos fuentes académicas) que tienen PAMI, pero pagan de su bolsillo una prepaga. Por necesidad o argentinidad, varios seguramente usen ambos servicios (uno para las consultas; el otro para los descuentos en medicamentos…), pero lo cierto es que, si esas personas quisieran descontar sus aportes de la abultada cuota de medicina prepaga que abonan, no podrían.

O casi no podrían. Está la opción de conservar la obra social propia al momento del retiro (pedir “continuidad”) y también hay una lista de unas 80 obras sociales a las que cualquier jubilado se puede pasar, si lo desea. “Triangulando” (con la obra social de convenio, si es que está en la lista…) eventualmente se pueden derivar aportes a una prepaga.

Pero no es fácil y por eso poquísimos lo hacen. Varias voces señalan que, a) las obras sociales rechazan a los adultos mayores. Y, b) no se puede transferir el 100% del aporte, que tiene un tope: hoy, 13.416,90 pesos. Si el jubilado gana “bien”, el resto del aporte lo retiene el PAMI.

Graciela Ocaña es legisladora porteña y condujo el PAMI entre 2004 y 2007. Si bien cuestionó una potencial desregulación del PAMI (“la mayoría de los jubilados gana la mínima y si los que ganan más se llevan todos sus aportes, se desfinanciaría el organismo”), consideró que el que no se haya incluido en las desregulaciones “es muy raro”.

“Si querés cambiar algo de Salud, tenés que empezar por ver el PAMI. Es el organismo que concentra mayor poder de compra, de negociación, de afiliados. Ese mamotreto (en alusión al DNU) lo escribieron distintos sectores. No se analizó el sistema como un todo”, evaluó.

Adolfo Rubinstein, ex secretario de Salud, dijo que “no podría decir por qué no incluyeron al PAMI, pero no hay demasiada profundidad en lo que están proponiendo”.

“Hay una brecha entre lo que se propone y lo que se puede hacer. A esta reforma le falta profundidad. Es muy difícil y no es correcto sacarlo por decreto. Hay lobbies cruzados, paralelos”, apuntó.

Para Ocaña y Rubinstein, una reforma trascendente debería ir a un modelo de seguro de salud de alto costo. El problema es que, dijo la ex directora del PAMI, “ahí le tocás la caja a todos: sindicalistas, políticos, empresarios… esto es lo que no se intentó. Sería lo más importante”.

Varias de las fuentes consultadas (y está publicado con cifras en el libro “Mitos y realidades de las obras sociales”) explican que por la falta de control y cruce de bases datos, hay personas que, increíblemente, tienen doble cobertura: PAMI y además una obra social, que suele ser provincial o universitaria. Significa que derivan aportes a dos entidades a la vez (algo irregular) por fuera de la regla de “retención” del PAMI antes descripta.

Por lo pronto, Clarín le consultó a algunas obras sociales si apoyarían una reforma de desregulación. O, más bien, si tomarían a los jubilados. Contestó José Luis Lingeri, secretario general de Obras Sanitarias.

Por escrito detalló todos los problemas de financiación que enfrentan, y aclaró: “No nos oponemos a que el jubilado pueda optar, pero cualquier desregulación (entendiendo por esto que los jubilados opten por una obra social del sistema o elijan la que tuvieron toda su vida activa) debe ser acompañada con los recursos necesarios para la atención de esa población que, no es necesario aclararlo, es la más demandante desde el punto de vista prestacional”.

Retomemos la misma pregunta: por qué un jubilado (que no gane la mínima) querría tener una obra social distinta de PAMI.

Una fuente que pidió no ser mencionada, estrechamente ligada al sector, contó su participación en la mesa chica de un plan que se intentó poner en marcha en la gestión de Jorge Lemus, durante el macrismo.

“Un colega, ex funcionario, me dice ‘¿qué te parece si la gente se pudiera quedar en su obra social, sin estar obligada a ir al PAMI?’ La idea evitaba que se rompiera la atención de un individuo que quizás veía los mismos médicos hacía décadas. Además, quedarte en tu obra social podía impulsar que el sindicato se interese por que tu remuneración no decaiga. Por otro lado, las obras sociales hoy no hacen prevención porque total a los 65 años te vas a ir al PAMI. Le digo ‘me parece buenísimo’”.

“¿Qué hicimos? Comparamos lo que recibía el PAMI per cápita con los datos de las pocas obras sociales que tenían jubilados -porque algunas los aceptan-. Eran más eficientes y, sin tanta burocracia, gastaban menos. Nos sentamos con los sindicatos nacionales. Hicieron cuentas y les interesó, siempre que recibieran el aporte completo”, contó.

En el final de esta historia, los protagonistas se reúnen con el entonces presidente Mauricio Macri. Tras la propuesta, “abrió los ojos enormes y dijo ‘está buenísimo’”. Pero, desalentada, la persona cerró: “No se hizo. No se materializó. No recibimos objeciones de nadie, pero la política tiene cosas raras”.

No faltan voces que apunten bajadas de línea de operadores que manejan las políticas de salud del país. En particular, las del PAMI.

Uno de esos nombres, informó este medio, tendría línea directa con el actual jefe de Gabinete, Nicolás Posse. Es el presidente de la Fundación Sanatorio Güemes, Mario Lugones.

Circula (y tres fuentes lo contaron con detalle) que Lugones tiende a explayar redes que le permiten “direccionar” o codirigir la actuación de quien, a su turno, ocupe el Ministerio de Salud. Una de las voces consultadas se lamentaba al afirmar: “Pobre Russo… es bueno pero está muy limitado”.

Clarín contactó a Lugones, pero desde su entorno esgrimieron que intentan mantener un perfil bajo para diluir las afirmaciones de una supuesta «llegada» al Gobierno.

Hay un nombre menos conocido, también asociado a la Salud y a potenciales trabas para desarmar “la caja del PAMI”. Es Carlos Rojo. Condujo la seccional porteña del PAMI entre 2005 y 2012 y hoy dirige el gremio de los Médicos Municipales.

Cualquier periodista que cubra políticas de Salud y haya tocado la “subcapa” informativa sabrá que su protagonismo, se dice siempre, es grande. Esta cronista viene escuchando hace no menos de tres años que digita lo pequeño y lo grande de la salud, siempre bajo el paraguas de personas con mayor poder, como Lugones.

El área de influencia va desde el molecular plano de las conducciones en espacios universitarios hasta cargos clave en las áreas sanitarias del Estado.

Las definiciones sobre Rojo suenan tenebrosas. Quizás se “sobrestima su nivel de influencia”, matizó una fuente adicional consultada, abocada a la salud de los jubilados.

Otros ven un escenario distinto. Una fuente aseguró que “Leguizamo (el director del PAMI) no va a hacer nada que no apruebe Rojo”. Otro, en referencia a la Facultad de Medicina de la UBA, dijo que le dicen “el dueño”, y sumó: “Siempre desde las tinieblas porque no tiene cargos, pero las decisiones de alto vuelo pasan por él”. Una tercera persona lo llamó “operador desde las sombras”. Una cuarta, “el monje negro”.

Clarín habló con Rojo.

Rojo se mostró a accesible a una charla telefónica. Se le preguntó por qué creía que el nuevo Gobierno había impulsado desregular la Salud en general, pero no al PAMI en particular. “Yo creo que los gremios no quieren”, afirmó. Aludió a la problemática de la mayor carga que podría representar el adulto mayor.

Se opuso a desregular el PAMI: “Rotundamente no estoy a favor. Los lugares de salud pública buenos son contados con los dedos de la mano. ¿Cómo no va a existir el PAMI?”. En cambio, dijo, “hay que administrarlo bien”.

Planteó que “es muy difícil de manejar. Las provincias tienen injerencia total en sus respectivas zonas, por lo que el director del organismo tiene que estar hablando con los gobernadores. Es muy difícil porque en cada distrito, las filiales responden al gobernador”.

¿Es certera su permanente cercanía al PAMI? No lo negó. Explicó que conoce a Leguizamo porque fueron compañeros en la gestión de Graciela Ocaña. “Leguizamo está hace 18 años. Si me pregunta algo, lo aconsejo. Si me piden, doy mi opinión. Pero no me quiero meter en nada”.

Del ministro de Salud también habló: “A Russo lo conozco, pero nada más. Sé que es buena persona. No lo conozco desde la gestión”.

Y concluyó refiriéndose a su vínculo con el ministro de Salud porteño, Fernán Quirós: “Tengo muchísimo trato. Él es difícil y yo también. Tiene una idea y la quiere llevar a cabo a como dé lugar. Si yo me opongo, se enoja. Y si él se enoja, me enojo yo. Pero en general nos ponemos de acuerdo”.

Clarin/Cadena Entrerriana

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