Por Guillermo Navarro
Hace 20 años, en julio del año 2000 para ser exacto, mi curiosidad periodística me llevó a escribir una nota en el diario El Día cuyo adelanto de tapa, con la foto correspondiente, se tituló algo así como “La Casa de Fray Mocho corre riesgo de desaparecer”.
Efectivamente, con un cartel de venta que colgaba de la segunda ventana a la izquierda de la puerta principal de la vieja casona, una inmobiliaria que ya no existe la comercializaba como “un terreno con una tapera para demoler” a un valor de 100.000 pesos/dólares (aún estaba la convertibilidad 1 a 1).
Como me crie en el barrio y en ese momento vivía a dos cuadras, conocía un poco la historia de ese inmueble y era habitual que pasara por allí. Por eso el cartel de venta llamó mi atención.
Lo concreto es que la publicación se hizo un domingo y generó tanto revuelo la idea que la casona en la que nació y se crio el célebre Fray Mocho pudiese terminar reducida a escombros, que en cuatro meses se la declaró primero Monumento Histórico Provincial, por un decreto del gobierno de Entre Ríos, y después Monumento Histórico Nacional, por una Ley del Congreso.
Se habían dado importantes pasos para salvar al inmueble de las ruinas, en definitiva, a partir de una nota periodística y una frase clave que resonaba fuerte: tapera para demoler.
Cinco años después la legislatura aprobó la declaración de utilidad pública y sujeto a expropiación que permitió al gobierno adquirir el inmueble compensando a su propietaria, viuda del último dueño, con una suma cercana a los 200.000 pesos/dólares. Luego, la Provincia le cedió la custodia a la Municipalidad de Gualeguaychú.
En 20 años, la Casa de Fray Mocho sufrió un derrotero de promesas políticas (incluida una presidencial en el año 2009 con el anuncio de fondos que nunca llegaron) y desidias que la pusieron al borde de las ruinas. Por su estado de abandono, el deterioro avanzaba sin pausa y muchas veces pensaba si había hecho bien en “salvarla” de la demolición. Después entendía que gracias a esa publicación estaba de pie, luchando contra el paso el tiempo.
Mientras tanto, muchas personas aportaban ideas sobre el futuro de la casa, sobre la utilidad que se le podía dar, sobre el destino. Se conformaron comisiones que no avanzaron demasiado y hasta un grupo de vecinos, autoconvocados bajo el nombre “Los amigos del Mocho”, se puso la lucha al hombro reclamando en reiteradas oportunidades, bajo diferentes modalidades, la puesta en valor de la vieja casona.
Pasaron 20 años desde aquel julio del año 2000 en que una nota periodística salvó a la Casa de Fray Mocho de desaparecer y que hoy fuera una placa recordatoria puesta sobre la pared de una mansión o de un moderno edificio.
Siempre es bueno conocer el origen de los hechos, el inicio de una historia, y decidí escribirlo para que nadie se apropie de una parte ni levante una bandera que no le corresponde.
Hoy se yergue entera, renovada. Seguramente será el museo que recuerde la trayectoria del creador de Caras y Caretas y sería un gran acto de justicia que en alguna de sus paredes cuelgue enmarcada la tapa de diario El Día de ese julio del año 2000.
Su puesta en valor por parte de la provincia de Entre Ríos le devolvió la identidad y la transformó, de una vez por todas, en el gran legado que José Seferino (no Sixto) Álvarez le dejó a Gualeguaychú.